viernes, 15 de febrero de 2013

El "haiga" más grande del mundo

El “haiga”, en principio, era un coche. Sus característica fundamental era ser ostentoso, para poder presumir de lo bien que le iba a uno, cuando el resto estaban pasándolo mal, incluso hambre. Fue muy característico entre los nuevos ricos, iletrados y emigrantes retornados y su nombre viene, según se dice, de que iban al concesionario y pedían el coche más grande “que haiga”. 

Pues en Lugo tenemos el “haiga” más grande del mundo. No es un coche, que es un puente. Un puente blanco, como el apellido de su promotor, grande como el ego de alguno, e inútil como… bueno, esto me lo voy a callar. Destaca por ser una aberración urbanística en un entorno que hasta ese momento era un remanso de paz y belleza bucólica, lo cual tiene mérito estando pegado a la Nacional VI. 

También es llamativo su gran tamaño, un tema del que Freud (el de la psicología, no el de los supermercados) podría hablar largo y tendido, porque algo raro hay ahí, si no no se explica que para conectar una carretera de dos carriles de difícil - por no decir imposible - ampliación (nacional VI) con otra que apenas llega a tenerlos (carretera de Portomarín) monten una estructura de cuatro carriles, con voladizos y bancos para que se sienten los ratones. Ese puente es para una autovía, no para lo que se necesitaba aquí. Pero hicieron “el más grande que haiga”. 

El tema del tamaño en las obras tiene su guasa. También tenemos en Lugo la rotonda más grande del universo, al final de la Avenida de Madrid, tan grande que hasta se está estudiando construir una especie de coliseo en el círculo que deja en medio. O eso o un centro comercial de esos con cines y pasillos vacíos, no saben muy bien aún. Caber cabe de todo. 

El nuevo puente, que no “puente nuevo” (el “puente nuevo” sigue siendo el de la carretera de Santiago) no sirve absolutamente para nada, y la demostración empírica está en que no cumple la principal función para la que se suponía que se iba a construir: jubilar el llamado “puente romano”. Se entendía que nos íbamos a gastar chorrocientos millones en hacer una estructura que permitiera peatonalizar el más veterano de nuestros viales supramiñenses, pero hete aquí que nuestros convecinos del barrio de A Ponte (nombre que simboliza como nada su vinculación al viaducto) dicen que nones, que de eso nada, que por ahí van a seguir pasando coches porque si no es la ruina de sus negocios. 

Pero ahora viene la novedad. Con las modificaciones que le están haciendo al puente romano, de más que dudoso gusto, lo han estrechado una barbaridad, por lo que no caben un coche y un peatón al mismo tiempo. ¿Cerrarán el puente al tráfico peatonal? ¿Harán una pasarela paralela para que crucen los viandantes? No se extrañen, cosas más raras se han visto en Lugo. Lo más gracioso es que hace dos mil años ese puente tenía 7 metros de ancho, el doble de lo que tiene hoy día. Es algo a meditar. 

No sé cómo quedará la obra finalmente, así que voy a abstenerme de opinar hasta que la terminen, pero como no cambie mucho de tercio lo que están haciendo con ese puente va a conseguir que echemos de menos las aceras de metal cutre que tenía antes. Por lo que he visto hasta ahora están metiéndole unos muretes de piedra pequeña que parecen los paseos que hay en la costa de Lugo, esos de piedra color tierra, que quedan preciosos junto al mar pero que sobre unos sillares de granito centenario son feos como un pecado. 

Imagino que lo mejorarán al final, quizás pintándolo de verde marujita, o de rojo pasión. La modernidad es lo que tiene, que si no haces que una cosa llame la atención no sales en la prensa y parece que no te has ganado el sueldo. 

Pero Lugo está contento. Tras muchos años de cachondeo con los retrasos del puente finalmente se construyó, y aunque sólo es una cosa que está ahí, y por la que pasa un número ridículo de usuarios, es grande, es blanco y luce cantidad. Ya de gastar, “que se note, Juan, que se note”. Si en el fondo nos encantan los “haigas”.

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