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martes, 20 de enero de 2015

Cuando la corrupción es normal es que algo va mal

¿Qué es la corrupción? ¿Y tú me lo preguntas? Corrupción somos todos, como hacienda, pero al revés.

Corrupción es cuando pides una factura sin IVA, o cuando la aceptas si te la dan. Corrupción es cuando ves que en algún sitio ponen percebes de sabe Dios dónde diciendo que son gallegos (aprovechando que el común de los mortales no los distingue ni que les muerdan). Corrupción es cuando miras para otro lado mientras ves cómo el médico de la privada te dice que “estas pruebas te las hago en la consulta de la seguridad social y así no te cuestan nada”… Todo eso es corrupción, no sólo la de Bárcenas o Pujol.

En este país somos muy dados a utilizar las malas actitudes ajenas para justificar las propias. Nos rasgamos las vestiduras y decimos que “cómo va a exigirme un corrupto que yo sea limpio” sin darnos cuenta de que también funciona al revés, y que se nos puede decir que “cómo vas a exigir limpieza si tú haces lo mismo en la escala que puedes”.

Nos cuesta mucho trabajo ponernos en los zapatos ajenos depende de para qué. Todos critican, por ejemplo, a los malvados empresarios que explotan al trabajador, pero esos que tan alto hablan, si tienen una persona que les haga las tareas de casa, le niegan el contrato o la indemnización por despido porque “no es lo mismo”. No es lo mismo porque lo pagan ellos, claro.

Creo que ahí está el talón de Aquiles de todos los planes “anticorrupción”, que empiezan demasiado por arriba, aunque también hay que contemplar eso.

El caldo de cultivo de todas estas cosas es cuando se consiente que las mismas personas que por la mañana toman decisiones “objetivas” como “técnicos” (siempre me hace mucha gracia ese término porque se justifica cualquier cosa si viene “avalada por los técnicos”), por la tarde hagan los informes que el mismo señor presenta en la misma administración.

Desde abogados de la Administración que tienen despacho por las tardes para hacerse recursos a sí mismos, hasta funcionarios de urbanismo que tienen inmobiliarias o, como el caso que puse antes, médicos que dividen sus esfuerzos entre las horas que dedican por la mañana a operar dos pacientes en ocho horas y por las tardes en operar otros seis en cinco horas. También hay casos de policías que tienen pubs y que se dedican a multar a los coches mal estacionados en donde se ubican los negocios de la competencia.

Puedo comprender la libertad de cada cual de trabajar por las tardes para completar su sueldo si lo necesita, que cada uno sabe las suyas, pero me cuesta más entender que se permita que trabajen en lo mismo que por las mañanas o que se retroalimenten de alguna manera. Vamos, lo que vienen siendo las incompatibilidades de toda la vida.

Eso es corrupción. Ni más ni menos. Evidentemente no son los 3.000 millones de euros de Pujol (siempre me parece que la cifra es ciencia-ficción, pero no, es esa supuestamente) pero es lo que hace que comience a girar la rueda.

Por 90.000 euros supuestamente un funcionario del Ayuntamiento iba a “arreglar” los problemas urbanísticos de la parcela donde está la antigua Valentino. El presunto “conseguidor” se los pedía al interesado como abogado. Con un par. Y a nadie le extraña.

Así nos luce el pelo.

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