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lunes, 20 de enero de 2020

La educación de los niños


Este país no tiene remedio. Somos la tierra del eterno debate sobre nosotros mismos y de la continua redefinición sobre nuestra propia naturaleza, y perdemos un tiempo precioso en estas discusiones bizantinas mientras el resto del mundo avanza, aplicando lo de “¡que inventen ellos!”, que tan bien nos refleja.

Resulta que ahora está sobre la mesa la competencia sobre la educación de los niños, algo que hace unos años era tan evidente que no resistía el menor debate pero que en este momento se abre a todo tipo de interpretaciones. Se habla de la “patria potestad”, como si ese concepto estuviera grabado en piedra, cuando realmente se está abandonando en favor del de “responsabilidad paterna”. La diferencia es notable. El primero es una especie de “derecho divino” del padre (la madre vino después pero con reticencias) para mantener su omnipotencia en la casa e imponer su voluntad, mientras que el segundo está enfocado como una obligación que tiene como fin último el bienestar del menor.

Pero el debate no hila tan fino, que hay que leer y eso da pereza. Por un lado tenemos a los del pin parental que, según sus adversarios, quieren imponer a la escuela lo que puede y no puede enseñar a sus hijos haciendo volver a las aulas el creacionismo, el terraplanismo y la religión ultracatólica que hace que las mujeres se sometan a su marido y que los padres puedan maltratar a los niños porque son suyos. Por el otro al ala siniestra que, de nuevo siguiendo el hilo de sus detractores, pretenden obligar a los niños a probar marihuana, follar sin condón cuanto antes y tomar la pastilla del día después, no comerse las lentejas porque pueden ejercer su libre albedrío, y votar a los comunistas para acabar con el mundo civilizado.

¿Han pensado que ninguna de las dos partes dice esto? ¿De verdad vamos a seguir opinando tomando en consideración, no los argumentos que defiende una parte, sino la retorcida interpretación sobre ellos que afirma la otra?

Verán, lo que propone Vox, que no es santo de mi devoción dicho sea de paso, es algo tan sencillo como que para las actividades extracurriculares (es decir, lo que no es materia de estudio) se pida autorización de los progenitores para que tengan conocimiento de lo que se va a explicar y decidan si desean que sus hijos vayan o no vayan. Parece algo bastante sencillo.

Por su parte, los detractores de esa medida entienden que aunque se trate de cuestiones no lectivas hay valores básicos que se han de explicar a los niños como la tolerancia, el respeto, la salud sexual y demás cuestiones que cuando yo era pequeño estaban implícitas (y explícitamente te las decían papá y mamá) pero que ahora se ve que necesitan refuerzo, y tienen razón. Lo malo es que quien decide eso deberían ser los padres, no el Estado.

Una cosa es hablar de las materias lectivas y otra de lo demás. En mi modesta opinión el punto clave es la palabra “extracurricular”. No estamos hablando de que los padres puedan decidir que sus hijos no estudien matemáticas o que cuando vayan a explicarles la evolución tengan que salir del aula. Tampoco que les haya que consultar sobre si la Historia de España se salta al Cid o mete la Reconquista como una especie de guerra imperialista moderna.

En estas cosas es muy fácil opinar dando la vuelta a la situación. Imaginen que una administración quiere hacer obligatorio el estudio del Catecismo como vía para la mejora de la moralidad del grupo, la loa al Señor y esas cosas. ¿No creen que los padres (sobre todo los no creyentes, como es obvio) saltarían como hidras con toda la razón? Por supuesto se puede argumentar que obviamente no es lo mismo inculcar a patadas una fe que unos valores cívicos básicos que recoge cualquier ordenamiento jurídico, pero el principio básico es el mismo. Si otorgamos a la administración, o lo que es lo mismo, al Estado, la exclusiva competencia sobre la educación moral, sexual y social de los niños se la damos para bien y para mal, y qué quieren que les diga, me cuesta mucho tragar eso.

Es muy llamativo que mientras debatimos si se puede poner carne de cerdo en los colegios por respeto a los musulmanes o si en escuelas de Cataluña se adoctrina a los chavales intoxicándolos con un glorioso pasado independiente que nunca existió y se miente directamente sobre las supuestas invasiones del malvado estado español a su tierra, nadie diga nada pero que salten porque alguien pide que se pregunte a los padres sobre aspectos que sobrepasan (la palabra “extracurricular” es, precisamente, eso) la educación de sus hijos.

Es un debate muy amplio, por supuesto, pero parece razonable que la decisión final sobre cualquier asunto de esta índole la tengan los padres, que por cierto son los que tienen que educar los valores de los críos. Como sobre cualquier otro hasta la emancipación del crío. Lo contrario nos acerca a peligrosos abismos.

1 comentario:

  1. El problema es que los contenidos sobre los que se pretende implantar el Pin Parental no son realmente extracurriculares. Todos ellos aparecen como contenidos en la legislación. Salud sexual, violencia de género, abuso... Están ahí.
    L
    contenidos realmente extracurriculares, como las salidas a visitar una fábrica, ya requerían autorización mucho antes.

    El problema del "Pin Parental", o mejor dicho, de la censura previa, es que se utiliza para cerrar el acceso de estudiantes a contenidos a los que tienen derecho a acceder, y por su perfil, son los niños a los que se les podría prohibir, precisamente, los que tienen más necesidad de exponerse a ellos.

    Un maltratador nunca dejaría que sus hijos fueran a una charla sobre maltrato, porque podrían descubrirlo. Y ya solo por eso, no puede haber Pin Parental.

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