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miércoles, 26 de enero de 2022

¿Cómo vamos a culpar a la gente joven cuando ven que la impunidad es la norma?



Que el botellón jamás dejó de existir durante esta Pandemia lo sabemos todos. Que la normativa se aplica sólo selectivamente y que se sanciona principalmente a quienes saben que van a pagar la multa porque sí tienen algo que perder, también parece cada vez más obvio. Que cerrar el ocio nocturno, si no se vigila que la gente se vaya a su casa o no siga la fiesta en la calle, ha sido clamorosamente contraproducente, pero da igual. Si los vecinos no duermen, que se vayan a otro barrio, no sea que cumplamos la ley.

Esta España súperregulada en la que vivimos, en que todos nuestros actos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos están normativizados, legislados y ordenados, parece que eso sólo se aplica a una parte de la población, la que sabe que le irán a la chepa si se pasa un milímetro de la raya. Al resto… hay que tratarlos de usted, no sea que encima te crucen la cara.

¿Podemos culpar a los jóvenes o es la lección que les estamos enseñando? Si se molestan en leer la prensa verán que los comportamientos ilegales no se castigan, lo que genera hay una sensación de impunidad que empapa el imaginario colectivo. ¿Cómo vamos a decirles a unos chavales que no pueden estar bebiendo en la calle si hemos aceptado que una trama de prostitución que implicó gravísimos dramas, abortos y barbaridades inimaginables quede arreglado con la versión civil de los consabidos tres avemarías y cuatro padrenuestros?

Pasa en todos los niveles y esferas. Desde los vándalos que destruyen nuestro patrimonio histórico y los que entienden que la diversión es estar hasta las tantas de la noche meando en la calle y dejando el casco histórico y otras zonas de Lugo como si fueran estercoleros (paradójicamente esto se acentúa cuando nuestras autoridades están en Fitur intentando atraer turistas para que vean esto) hasta los chorizos de alto nivel (es una forma de hablar) que montan una red criminal de prostitución y drogas y queda todo en agua de borrajas.

El bar que pide el absurdo e inútil certificado Covid pierde clientes que se van a los que pasan de todo, igual que pierden gente los que cumplen la ley que prohíbe fumar o el que tiene la osadía de pedir unos datos que le obligan a recoger. Ni la trama para retirar las multas, ni el incumplimiento de las normas por parte del Club Fluvial que hizo lo que le vino en gana con el aparcamiento… y eso que son temas que se han declarado ilegales, pero a los que podemos sumar otros que aún están en ello pero que todos sabemos cómo van a terminar, como el disparate del Garañón con un convenio más que sospechoso, o la ruina que nos supone la surrealista gestión de la Fábrica de la luz…. Nada de ello parece que se vaya a castigar. Todo queda en titulares de periódicos, conversaciones de taberna y degradación de la imagen de la sociedad como marco de convivencia.

Así que no nos extrañemos de que las cosas vayan a peor. “Saldremos mejores”, decían pero la pandemia ha servido para hacer más profundo el agujero social que ya llevamos unos añitos cavando, y que se resume en una frase: cuando haces que quien cumple las normas se sienta imbécil, prepárate para que todos se las salten.

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