| El trozo derrumbado de la Muralla no es original, sino una "rehabilitación" del siglo XX. Foto: La Voz de Galicia |
La caída de unos metros de la Muralla de Lugo ha sido la
consecuencia más notable de la nueva borrasca que nos visita, denominada Marta.
Lo que más llama la atención es que la parte que se ha
venido abajo no es de la época romana, sino una reconstrucción, algo chapucera,
de los años 20 del siglo XX (en torno a 1.921 por lo que se ve). Esta
intervención aguantó un siglo aproximadamente, que es poquito en comparación a
los 17 que lleva en pie nuestro principal monumento.
Es increíble cómo una cultura de hace tantísimo tiempo hacía
tan bien las cosas. En una de sus apasionantes visitas guiadas (he ido varias
veces y repetiría mañana mismo) nos explicaba Celso Rodríguez, el arqueólogo
que excavó la Domus del Mitreo frente a la Catedral, que los romanos usaban un
hormigón que tiene la extraordinaria capacidad de fortalecerse con el tiempo.
Dos ejemplos hacen más que evidente el éxito de esta mezcla: uno es nuestra maravillosa Muralla, que como ven resiste en las partes romanas mientras se desmenuza en las “modernas”. El otro es la cúpula del Panteón de Agripa de Roma, que lleva casi 2.000 años en pie resistiendo guerras y desgracias y que es la cúpula de hormigón sin refuerzo más grande del mundo.
Usaban una mezcla que hacía que cuanto más años pasen más
sólido se vuelva el conjunto y, en la práctica, es como si la parte original
que queda de la Muralla se fuera convirtiendo poco a poco en una única y sólida
roca. El “opus caementicium” romano usaba cal viva, ceniza volcánica y agua de
mar, haciendo que esa especial mezcla se vaya endureciendo en lugar de dañarse
con los siglos.
No sólo es la composición, sino cómo se llevaba a cabo. Se
mezclaba la cal con la ceniza calentando mucho la mezcla y después se añadía el
agua. Esto hace que en la mezcla queden pequeños restos de cal que, en vez de
ser consecuencia de una mala mezcla, es el secreto de su éxito ya que esas
partículas rellenan automáticamente las pequeñas grietas que puedan quedar
cuando les entra agua de lluvia, sellando los huecos y reforzando la estructura.
Si la estructura está en el mar (por ejemplo, un puerto) la
reacción es todavía más intensa por las reacciones químicas que provoca el agua
salada y, al revés que pasa con lo que se hace hoy día, donde el mar va
deteriorando el hormigón, usando la mezcla romana se refuerza.
La gran pregunta es… si los romanos conocían esto, ¿por qué
no se usa hoy día esa mezcla? Pues por lo de siempre: por el coste. La ceniza
volcánica no es fácil ni de obtener ni de transportar en cantidades masivas, y
además el resultado es óptimo para ciertas estructuras pero no para otras. Por
ejemplo, no valdría para puentes de carreteras que necesitan refuerzos de
acero. Además, tarda mucho en fraguar y hoy vamos a toda prisa para todo…
Quizá no sería mala cosa recuperar esa técnica para casos concretos, como la rehabilitación de la Muralla de Lugo.
Todos pedimos celeridad a la Xunta de Galicia en su reparación pero quizá deberíamos tomárnoslo con más calma y que la obra se haga siguiendo una técnica que, como está más que comprobado, resiste el paso de los siglos sin despeinarse.
Ojalá el suelo del casco histórico se hubiera hecho pensando en mantener esa permanencia y no en "la foto", porque es irónico que a los pies de un monumento de 1700 años cuyas partes originales siguen en pie y seguirán por mucho tiempo, ocho meses después de ponerse en servicio el pavimento del centro ya esté reventado por todas partes. Y no será porque no se avisó. Quizá para otra vez podrían usar "opus caementicium" y a ver si así...