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| ¿Esto es "antifascismo"? ¿Y romper escaparates para saquear tiendas? ¿Y apedrear policías? |
“No habrá paz en las calles”. Bergerot amenazó a Ayuso con esa frase aplicada a Madrid, pero se ve que el modelo es exportable al resto de España, incluso a la normalmente pacífica Galicia, donde las protestas suelen ser tranquilas, con sus excepciones, claro.
Ayer en Coruña se vieron imágenes tremendas. Contenedores quemados, pedradas contra los policías… y todo se debió a que hubo una concentración, inicialmente pacífica, para boicotear un mitin de Santiago Abascal, el presidente de VOX. No acabó siendo tan pacífica, y aquí me gustaría recordarles la que se lio en Lugo cuando hubo las manifestaciones por Ceuta y que ni todos los que estaban contra Abascal quemaron contenedores… ni los que quemaron contenedores estaban allí pacíficamente. Iban a liarla... y la liaron.
Sobre la violencia, me remito a estas declaraciones que he leído y que creo que cierran ese capítulo: “Cualquier reivindicación pierde su legitimidad cuando se recurre a la violencia, se ataca a personas inocentes y se dañan bienes privados de particulares”. “La violencia, venga de donde venga, nunca tiene sentido”. Son de la alcaldesa socialista de Coruña, Inés Rey, que no creo que sea sospechosa de defender a VOX. La única parte que no comparto es que habla de violencia contra "personas inocentes" (parece que sí defiende la violencia contra otras personas que puedan considerarse culpables) y daños a "bienes privados de particulares" (con lo que, de nuevo, podría entenderse que justifica los daños a bienes públicos) pero lo achaco más al nerviosismo que a otra cosa... pero bueno, no estaría de más tener unos principios más elevados.
En todo caso, el fondo del asunto no son los chalados que montaron la batalla campal (esos son la noticia por lo llamativo) sino algo aún más peligroso: ¿se puede impedir a alguien hablar en una democracia? ¿Estamos normalizando que haya disturbios porque alguien va a explicar sus ideas? Parece que sí, y eso es terrible.
Los autodenominados antifascistas acudieron a impedir hablar a Abascal. Hay una frase que circula por ahí y que se suele atribuir a Churchill, aunque no es suya sino de un predicador llamado Halford E. Luccock y que en 1938 dijo algo como que “los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas”. Hace casi cien años que lo dijo, en pleno auge del nazismo, y acertó.
Esto abre un debate muy interesante, aunque peligroso tal y como están los ánimos, ya en precampaña oficial, sobre los límites de la libertad de expresión, si es tolerable cualquier discurso y si cualquier opinión es respetable.
Hay tres corrientes principales sobre este asunto:
- La liberal, más bien estadounidense, que cree en la libertad absoluta de expresión. Cualquiera puede decir cualquier barrabasada por racista, xenófoba o nazi que sea como opinión o principio. Incluso aquí hay límites como amenazas y cosas por el estilo, pero se puede expresar cualquier idea por extrema que sea. Se parte de que una idea falsa u ofensiva se combate mejor con argumentos que con prohibiciones.
- La europea, en que se limita, cada vez más, la libertad de expresión por criterios de sensibilidad y se coarta aplicando criterios de dignidad y prohibiendo discursos de odio, discriminación o violencia.
- La totalitaria, propia de regímenes dictatoriales o que están en el filo de la navaja, donde sólo puede opinar el poder, y hablar en su contra es directamente un delito (Corea del Norte o China son ejemplos bastante obvios, en diferentes grados).
Aunque puedo compartir argumentos de la corriente europea, soy más partidario de la otra, de la que permite que cualquier gilipollas suelte su veneno, aunque me iría a un término medio porque creo que hay que limitar la amenaza o la falsedad, pero nada más.
Que se permita a alguien decir una opinión totalmente escandalosa no quiere decir que haya que apoyar o respetar esa opinión. Después de todo, casi cualquier opinión “normal” de hoy fue un delito en el pasado. Por ejemplo, la homosexualidad era un crimen hace no tanto en todo el planeta, incluidas las sociedades democráticas y liberales (pregunten a Alan Turing). Defender su despenalización sería un crimen si se aplicase estrictamente que podría atacar la “sensibilidad” de la población. Lo mismo podemos aplicarlo al aborto, que sigue siendo un tema difícil.
Pero ¿qué pasa si se lleva al extremo? ¿Es aceptable que alguien defienda, por ejemplo, despenalizar el consumo de drogas o la pederastia? La respuesta, por dura que resulte, es que sí. La libertad de expresión debería avalar eso.
Se atribuye a George Orwell, posiblemente el pensador antifascista más popular y de los más aplaudidos, la frase de que “si la libertad significa algo, es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”. Si sólo defendemos que se puedan decir en alto opiniones mayoritarias o “aceptables” estamos censurando, lo que nos lleva al conformismo y, en última instancia, a un autoritarismo disfrazado de paz social.
"Rebelión en la granja", del mismo Orwell, es una extensión del cuento de “El traje nuevo del emperador”, de Hans Christian Andersen. Cuando estudiaba hice un trabajo comparativo entre ambos relatos y me encontré con que se basaban en lo mismo: el miedo a cuestionar la “verdad” colectiva, el relato impuesto por la autoridad a pesar de una supuesta libertad y el poder de la manipulación.
Mal que nos pese las ideas son ideas, y no hay mejor forma de oponerse a ellas que con argumentos, no con piedras.






