Hace unos días les contaba la historia de un desahucio en que nosotros éramos los “malvados propietarios” y echamos al “indefenso inquilino” por algo tan normal, natural y decente como montarnos un puticlub en la casa que le habíamos alquilado. Literalmente hablando. Hoy les voy a contar la otra experiencia de alquiler que tuvimos con esa misma casa.
Tras la traumática situación vivida con el proxeneta nos planteamos qué hacer con la casa. ¿Venderla? Difícil en aquel momento ¿Volver a alquilarla? Pues a pesar de los pesares parecía la única opción lógica, porque compartir el uso entre dos ramas de la familia iba a ser un problema sí o sí. Estas cosas no suelen acabar bien y menos aún teniendo en cuenta circunstancias agravantes que no vienen al caso.
Cuando nos planteamos ponerla de nuevo en alquiler, tras un esfuerzo importante (y costoso) para lavar las huellas del prostíbulo, la primera solicitud que recibimos fue de una familia de origen cubano, en que trabajaba el marido como jardinero. A pesar de ciertas reticencias de algún familiar para alquilar la casa a gente “de fuera” (que rebatimos con el inapelable argumento de que “claro, como con el nacional nos fue tan bien…”) se le arrendó, explicándole que nuestra intención era vender la casa.
Como bien sabrán, la normativa que había hasta ahora te obligaba a que el alquiler tuviese una duración mínima de cinco años prorrogables por dos más. No era opcional, y poner una cláusula que anulase el alquiler en caso de venta era ilegal, lo que se le expuso al candidato a inquilino. Nos dijo que no nos preocupásemos, que no hacía falta que lo pusiera el contrato y que si aparecía un comprador él se marcharía siempre que se le diera un plazo razonable de un par de meses para buscar una alternativa. Acordamos incluso que no se le cobraría el alquiler ese tiempo mientras buscaba otra casa.
Se mudaron a la casa y todo fue como la seda. De hecho, mejor incluso. Nos pidió permiso para hacer cosas en el jardín y lo dejó que daba gusto verlo.
Pasaron aproximadamente dos años y pasó lo que no nos esperábamos: apareció un comprador. Encima tenía prisa, por las razones que fuera.
Le explicamos al inquilino la situación y buscó una casa alternativa. Se mudó en menos de la mitad del plazo que habíamos acordado y como tenía que pagar la otra casa se le abonó el alquiler del mes que no “usó”. Por lo demás, no nos pidió un céntimo. Y podía haberlo hecho porque la ley estaba de su parte, pero su palabra, el pacto al que habíamos llegado, pudo más que cualquier otra cosa. Lo que antes se llamaba “persona decente” y que hoy se confunde con cosas menos amables.
Cuando entramos en la casa me dieron ganas de echarme a llorar, pero no por los daños sino por todo lo contrario: estaba perfecta. La habían cuidado como si fuera suya y la dejaron hasta limpia como los chorros del oro.
¿Qué pretendo explicarles contando esta historia, totalmente distinta de la de la semana pasada? Pues que cada persona es un mundo.
Tomar al casero como el malo de la película sólo es razonable si es el malo de la película. Pensar que el inquilino es un malvado aprovechado sólo es razonable si es un malvado aprovechado. En ambos lados hay gente buena y mala, en ambas opciones hay Tirios y Troyanos, en ambos mundos hay de todo, como en todas partes.
Nuestra sociedad busca etiquetas fáciles: empresario malo, trabajador bueno o, dependiendo de la tendencia, empleado vago, jefe sacrificado, pero también cura pederasta, sindicalista aprovechado, político corrupto, funcionario vago… ¿Por qué? Quizá porque es más fácil. Nos evita la trabajosa tarea de pensar o de valorar a cada persona por sí misma.
Una vez más les invito a no caer en esa tentación. A valorar las cosas por sí mismas y a las personas por quiénes son y no a qué grupo pertenecen. No me las voy a dar de santo, yo mismo caigo ocasionalmente en ese pecado que hoy intento condenar, pero hay que luchar contra esa tendencia y para eso hay que empezar por uno mismo.


