viernes, 7 de febrero de 2020

Cuando se vigilan las cocacolas pero no los monumentos

A la izquierda una de las máquinas violentadas en un pabellón municipal (foto El Progreso)
y a la derecha la destrozada fuente de San Vicente (foto La Voz de Galicia). ¿Qué es más importante?

El habitual debate sobre las cámaras se ha puesto de actualidad de nuevo porque el Ayuntamiento ha decidido instalar vigilancia visual en los pabellones deportivos para que no les roben en las máquinas de “vending”, que si no las empresas se niegan a ponerlas. A esto se une la otra iniciativa de poner más cámaras para vigilar los accesos al casco histórico y así poder sancionar a quienes se metan por donde no deben. Ya hay también cámaras en muchos edificios (la subdelegación del Gobierno parece un plató, por ejemplo) o en calles como Amor Meilán… Las hay por todas partes menos vigilando el patrimonio histórico.

No me gustan las cámaras. En este mundo hiperinformatizado en el que vivimos (y lo que te rondaré, morena) suponen una invasión en la privacidad difícil de justificar porque el vídeo de cómo resbalas en la nieve o de cómo te besas con tu pareja en una esquina no debería ser de dominio público en un programa en que se cachondean de ti en la tele. Sin embargo hay métodos, cuestiones puntuales, y sobre todo fines lícitos, que hacen que podamos ser menos inflexibles teniendo en cuenta el cómo y el porqué.

Vigilar el patrimonio común es una lamentable necesidad. No hace falta tener mucha memoria para recordar las pintadas en monumentos (recientemente la de Javier Krahe por ejemplo), el daño al patrimonio (la destrucción de la ahora restaurada estatua de San Vicente en la fuente de la Plaza del Campo) y el deterioro de elementos únicos (los herrajes del siglo XII de la Catedral, que se están destruyendo porque la gente orina contra ellos) y ver que requieren medidas para que dentro de unos años todo eso siga existiendo y en buenas condiciones.

A los contrarios a estas medidas les preocupa lo mismo que a mí: convertir la ciudad en un Gran Hermano donde no te puedas meter el dedo en la nariz sin salir al día siguiente en Youtube, pero es que no creo que nadie defienda algo así. Lo lógico parece ser la instalación de cámaras de circuito cerrado, que vayan “pisando” las imágenes en un tiempo prudencial (por ejemplo que la grabación vaya superponiéndose cada 30 días). Esas grabaciones no las vería nadie, no habría un señor mirando una pantalla 24 horas que vaya a contarle a tu vecina que has fumado en su portal, y solo se accedería a ellas en caso de que se necesite para aclarar una de las barbaridades que pasan más a menudo de lo que debieran. Eso generaría el efecto deseado: la disuasión.

Por otra parte, es sorprendente ese argumento de “no quiero dar mis datos y mis imágenes”, cuando todo el mundo lleva hoy día un ordenador en el bolsillo que facilita mucha, muchísima más información de la que ustedes se piensan a las grandes empresas. Lo saben todo sobre usted, porque usted lo pone todo en el móvil y lo lleva hasta al cuarto de baño. Saben quién es, con quién está, dónde está, el nombre del troll que utiliza en Facebook para insultar sin que su madre le mire mal, si tienen otro teléfono para verse con la querida… Todo es todo. Y luego nos preocupa que haya una cámara vigilando la Catedral…

Es muy inquietante el orden de las prioridades de nuestro ayuntamiento, ya que parece que las cámaras solo se pueden usar para recaudar multas o para vigilar los bienes de las empresas concesionarias, pero da igual si se destruyen monumentos centenarios que jamás podrán volver a ser lo mismo. Si se terminan de cargar los herrajes de la Catedral podremos poner otros, idénticos incluso, pero ya no serán los mismos, no serán los del siglo XII, no serán más que una imitación histórica pero una imitación a fin de cuentas, la versión monumental de la copia de Aliexpress de nuestro pasado.

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