jueves, 29 de diciembre de 2011

Proporcionalidad periodística

La mona Chita ha muerto. No sabía ni que estaba viva. Como las películas de Tarzán tienen más años que Matusalén, uno suponía que la pobre mona estaba criando malvas desde hacía décadas, pero mira tú por dónde, resulta que no. Es como cuando murieron Katherine Hepburn o Fred Astaire, que nadie tenía la seguridad de si estaban vivos o no.

Chita La mona Chita puede que haya sido el animal cinematográfico más popular de la historia. Tal vez el Tiburón de Spielberg le pueda disputar ese honor, pero al escualo ni le pusieron nombre, y poco cariño se le coge a un bicho que se dedica a comer piernas de bañistas y que es responsable de que cuando uno entra en el mar a veces le de un poco de nosequé.

Según cuenta la prensa, a la buena de Chita le gustaba pintar con los dedos y ver fútbol americano, lo cual la sitúa a un nivel intelectual similar al de muchos seres humanos, embrutecidos como estamos, o incluso por encima dada la sensibilidad artística del simio, que acompañó a  Johnny Weissmuller en sus famosas películas.

Pero esta noticia, aparecida entre ayer u hoy en la prensa (depende de lo ágiles que estén en cada redacción con los teletipos, imagino), probablemente sea falsa. Para empezar, no hubo una única mona Chita, sino que varios primates encarnaron el popular personaje selvático. En segundo lugar, los chimpancés en cautiverio no viven semejante barbaridad de años por muy bien que les cuiden. Llegan a los 60 como mucho.

Es un ejemplo más de lo que estamos haciendo de este mundo de fast-food informativo, en que generamos, asumimos, digerimos y evacuamos (por ser fino) una noticia en cuestión de horas. No sólo no comprobamos la veracidad de la información, sino que no nos importa que sea falsa mientras sea entretenida. Nos llama la atención tanto un terremoto en India como la muerte de una mona que ni siquiera es quien dicen que fue. Es cuestión de un cometario en el café y, como mucho, un “qué pena” que iguala, en la práctica, una masacre de miles de personas con la muerte de un simio.

Si hay imágenes la cosa cambia. El tsunami de Japón tuvo más duración en nuestra imaginación colectiva porque vimos imágenes de las olas, e incluso así fue un poco de “bah, no es para tanto” porque todos nos imaginábamos que la ola sería como las de las películas, esas de 20 metros de altura que tienen la costumbre de tumbar Nueva York y hacer que la cabeza de la estatua de la Libertad rebote por las numeradas calles de la ciudad más filmada del mundo.

Ponemos al mismo nivel noticias que nada tienen que ver. Le prestamos la misma atención a la más que probable imputación de Pepe Blanco por el Tribunal Supremo por corrupción que a la de Urdangarín, o a los más de cien policías locales que ahora parece que están metidos en el tema de la multas, y todo ello, asimilado a la muerte de un mono, las colas en las cocinas económicas de Lugo y el modelito que lucirá quien sabe quién en las campanadas de fin de año.

Somos una sociedad desproporcionada, precisamente porque no diferenciamos casi ninguna noticia. Estamos llegando a un nivel en que todas nos parecen iguales, planas, y cada vez es más difícil que nos afecte algo porque estamos curados de espanto. Hace unos años no teníamos tanta información en tiempo real del mundo entero, y hasta aquí sólo llegaban las noticias más relevantes del exterior. Si un señor se moría en su casa porque le explotaba la bombona de gas en Murcia en Lugo ni nos enterábamos. Ahora abre los telediarios.

Tal vez suene raro pedir un poco de desinformación, pero tampoco es esa exactamente la idea. Quizás los medios tendrían que ser más proporcionales a la hora de dedicar tiempo o espacio a las noticias, y no hacer que toda España se coma dos minutos de terremoto en Argel con 3.000 muertos, por poner un ejemplo, y cinco de cómo se hacen tartas de chocolate con la forma de la Duquesa de Alba por su boda.

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