lunes, 25 de enero de 2016

La jugada maestra de Rajoy... y sus peligros

El viernes Rajoy nos pilló con el pie cambiado a todos. Durante el fin de semana la mitad del periodismo y el total del politiqueo del país están intentando calcular las consecuencias de la renuncia “por ahora” del presidente en funciones a intentar seguir siéndolo durante cuatro años más.

Le ha chafado el espectáculo a Pablo Iglesias, que pretendía ser el centro de todas las miradas con su propuesta/órdago/trágala dirigido al PSOE, que está buscando con una linterna un principio que todavía no hayan roto en estas escasas semanas, pero ya sabemos que la política hace extraños compañeros de cama. Sin embargo la actualidad es cruel, y ni siquiera el reparto de cargos puesto sobre la mesa por Iglesias ha conseguido contrarrestar el golpe de efecto de Rajoy, el presunto inmovilista.

La jugada de Rajoy ha sido maestra. Se echa a un lado pero sin dejar la carrera, y cede el turno a Pedro Sánchez, al que ha dejado totalmente descolocado y afrontando una realidad a la que no le apetecía nada encarar: “¿No dices que puedes conseguir los apoyos?, pues hala, a ello”.

La maniobra no está exenta de riesgo, pero es un riesgo bastante menor para el propio Presidente. Si le sale rana y PSOE pacta con Podemos y meten en la ecuación a la sopa de letras de IU y los independentistas, saldrá un gobierno con unas patas muy cortas y que probablemente acabe en elecciones generales antes de un año, dos a lo sumo. Además la tensión interna en el PSOE y el desgaste de pactar con Podemos, un partido al que la gente “de centro” rechaza por extremista, haría que algunos votantes socialistas se pusieran la pinza en la nariz y optasen por una opción más “moderada” pero con un discurso nacional como puede ser el propio PP o incluso Ciudadanos, un partido con el que Rajoy podría sentarse a pactar con tranquilidad.

Obviamente el supuesto pacto PSOE-Podemos supondría una fractura interna en las filas socialistas de difícil, si no imposible, reparación. Ya hay voces críticas que afirman en público que sería no solo un suicidio sino una traición a las propias raíces fundacionales socialistas, y esto se debe no solo a la percepción de que Podemos tendría mucho más que ganar que el PSOE en el supuesto pacto, sino también a la necesidad de entregarse a los nacionalismos rupturistas con los que en teoría deben tener menos que ver que con la propia derecha.

Sentarse a negociar y cerrar un acuerdo que puede entregar el Ministerio del Interior a un señor cuyo teléfono móvil está a nombre de un presunto líder iraní es como mínimo llamativo. Que ese gobierno se apoye en gente que quiere acabar con la unidad del país tampoco deja de ser algo para replantearse todo el asunto.

Sánchez, a pesar de todo esto, parece dispuesto a liarse la manta a la cabeza y cumplir su aspiración personal de llegar a la Moncloa a cualquier precio, incluso sacrificando en medio a su propio partido. Lejos quedan allá esos discursos de que jamás pactaría con “populistas”, olvidados en el mismo cubo de basura que los de Iglesias en que juraba y perjuraba que jamás formaría parte de un gobierno que no presidiera. Ya saben, cosas que se dicen pero que tras las elecciones matizan u olvidan, quizás para no ser de esos “imbéciles” con principios.

Rajoy ha conseguido con su maniobra desplazar el centro de atención lejos de su persona, lo cual es una pirueta solo apta para artistas muy entrenados. Toda la presión que estaba sufriendo la ha trasladado a Pedro Sánchez, que estaba muy tranquilo dando por sentado que el primero en esmorrarse sería el Presidente, y que luego iría él a intentarlo. Ese esquema tenía la ventaja de que si lo conseguía se coronaba Presidente, y si no lo conseguía no pasaba nada porque era “lo lógico” por no ser la fuerza más votada. Pero tanto forzaron la máquina que se les ha calado en mitad de la cuesta arriba y ahora tienen que bajarse a empujar.

Lo próximo que puede pasar es que el Rey no consiga encontrar a nadie con apoyos suficientes para que se le proponga para Presidente, porque la cosa no es sencilla, y en ese caso deberá hacer lo que le parezca oportuno porque curiosamente, en lo que mis conocimientos de derecho constitucional alcanzan, es la decisión para la que más libertad se le da en el texto fundamental.

El Rey tiene un papelón complicado. Si Sánchez no acepta el desafío, se puede encontrar con que también “renuncie” y entonces nos veo con un gobierno formado por jefes de servicio y auxiliares administrativos para ir tirando. Como en Italia en tiempos.

De todas formas hay que decir que no sé hasta qué punto se puede “renunciar” a la nominación. La Constitución no dice en ningún lado que el candidato tenga que aceptar serlo, sino que el Rey propondrá a alguien y que eso se vota en el Congreso. Y punto. No encuentro en qué se ha apoyado Rajoy para renunciar a la nominación, pero es un precedente peligroso porque tampoco hay ningún sitio donde diga que esta situación tiene fecha de caducidad.

La Constitución da un plazo de dos meses desde la primera sesión de investidura. Si no se logra nombrar un presidente en ese plazo se disuelven las cámaras y hay nuevas elecciones. Pero si nadie acepta ser designado candidato no hay plazo alguno, lo cual es como mínimo llamativo. Podemos estar así eternamente.

Veremos cómo va la cosa, pero desde luego ahora toca el momento del trabajo para Pedro Sánchez. Si realmente es capaz de cumplir lo que ha dicho, que puede lograr suficientes votos, que lo haga. Y si no… Si no habrá que votar otra vez y ver si se aclara algo el panorama o seguimos así “sine die”.

1 comentario:

  1. Entiendo que si todo el mundo fuese renunciando y para evitar el no poder empezar a contar el plazo de dos meses lo que haría el Rey es designar a uno que aceptase la designación aún ha sabiendas de que no saldrá y así poder empezar a contar el tiempo de dos meses. Y si nadie acepta, obligar a uno, ya que puede que lo de la renuncia sea algo que tampoco esté obligado el rey a aceptarla.

    ResponderEliminar

Derecho a réplica:

Se admiten comentarios, sugerencias y críticas. Sólo se pide cierta dosis de "sentidiño" y cortesía.