Sargadelos es parte de muchos de nosotros. Más allá de una marca, es un icono de Galicia |
Sargadelos es una marca comercial, sí, pero también una obra de arte que ha logrado perdurar a través de los años y de los vaivenes de la economía y, lo más importante, ha conseguido ser identificada como algo tan gallego como el pulpo o la fachada del Obradoiro. Pocas empresas tienen un capital semejante, que ahora amenazan con extinguir… aunque dudo mucho que lo hagan.
Ayer todos nos alarmamos por el anuncio de que cerraba Sargadelos. Hoy nos dicen que no, que por ahora hay un cierre de la fábrica de Cervo no oficializado ya que, a pesar de que algunos pregonan lo contrario, la empresa no puede bajar la persiana por las buenas de un día para otro. Si el propietario principal de Sargadelos se quejaba de la burocracia, verá que hasta para cesar la actividad de la factoría lucense hay un trámite y un procedimiento que cumplir.
No puedo dejar de estar de acuerdo con Segismundo García en el exceso de burocracia, papeleo, cortapisas y cargas financieras y documentales que sufren las empresas. Para tener un pequeño comercio o un bar de barrio necesitas un armario de tamaño XXL para guardar los papeles y si pensábamos que la administración digital iba a acabar con eso nos equivocábamos, porque si es más fácil obtener un documento (supuestamente) en vez de 3 te piden 30 con lo que estamos en la misma, si no peor.
Los procedimientos administrativos que tiene que completar cualquier pequeña empresa son una carrera de obstáculos inconcebible, y procesos como la famosa “comunicación previa”, que parecía que por fin aclaraban el panorama ante la lentitud administrativa, se han vuelto en contra del sufrido emprendedor, al que la falta de respuesta no le produce silencio administrativo sino un “ya veremos cuando nos venga en gana” que se traduce en una inseguridad jurídica de padre y muy señor mío.
Pero todo esto, siendo cierto, no justifica el berrinche del señor García, a quien se le han notificado deficiencias que ponen en riesgo la salud de los trabajadores. Eso no hay liberal que lo defienda, porque el liberalismo no es hacer lo que te venga en gana, sino entender que tus derechos terminan donde empiezan los de los demás y viceversa. Vamos, que ni Adam Smith defendería que un empresario puede hacer enfermar a sus empleados.
Más allá del fondo personalista del asunto, me quedo con la tristeza que me produce la posibilidad de que Sargadelos deje de trabajar.
Muchos de mis recuerdos son de Sargadelos. La vajilla que me dio mi abuela, las piezas que me regaló mi madre, el juego de té que Sara nos completó por nuestra boda o el de café de mis cuñados Miguel y Marifé, el de Carles y Jorge, la bombonera de mi cuñada Ana, la que le regaló Fraga a mi abuela Emilia, el zorro que era de mi abuelo Luis o las palomas que fueron el premio de los artículos del Belén de Begonte… son tesoros para mí. Cumplen su función, porque usamos esas cosas (no comprendo una vajilla que sólo sea de exposición) pero cada vez que cojo un plato o una taza en la mano pienso en las personas que me las dieron.
Como yo, muchas personas de Galicia han depositado en Sargadelos parte de su cariño y de sus recuerdos y sería una desgracia para todos que la fábrica cerrase, no porque no vende (es justo al contrario) sino por un déficit en la gestión.
Confiemos en que esto sólo sea un bache, y que pronto recuperemos la normalidad en una cerámica que es mucho más que una empresa.