martes, 20 de octubre de 2015

No hay poco que no llegue ni mucho que no se acabe

Decía mi abuela que “no hay poco que no llegue ni mucho que no se acabe”, y debe ser cierto a la vista de la entrevista en que nos habla de su ruina Mariscal, el otrora todopoderoso diseñador que hizo “maravillas” como el diseño de Cobi, la cosa aquella que supuestamente era un perro, mascota de los Juegos Olímpicos de 1992. Aún recuerdo un gag de Martes y Trece en que hacían un telediario con una intérprete de signos y el que usaba para decir “Cobi” (lo he buscado en Youtube pero no lo encuentro, que si no se lo ponía). Hoy los meterían en la cárcel por las cosas que de aquella nos hacían reír, eran otros tiempos.

Pero a lo que iba. No tengo ni idea de las finanzas de este señor, y todos tendemos a pensar que los famosos son ricos por definición. El hecho de salir en la tele no te hace millonario, ni mucho menos, y el hecho de que los de Gran Hermano cobren fortunas por arrastrar sus miserias dentro y fuera de la casa de marras, no garantiza que a los tres o cuatro años vayan a seguir subidos al carro de la fortuna. De hecho estas cosas de usar y tirar, programas y famosillos tipo Kleenex, son flor de un día y si no trabajan en otra cosa dudo mucho que les valga de nada haber sido “el de la tele”. Como mucho como curiosidad en su barrio.

Mariscal, sin embargo, debería ser otra cosa. Tuvo un enorme estudio en el que él mismo reconoce que hubo trabajando 40 personas, ya me dirán en qué. Probablemente ese fuera parte del problema, el no saber llevar bien las finanzas en los momentos de vacas gordas gastando como ni no hubiera un mañana, pero lo hubo y no es halagüeño. No recuerdo que Picasso tuviera una plantilla de semejante cantidad de gente trabajando para él, y era Picasso, y otro personaje, Sir Winston Churchill, se apañaba con una secretaria que le ayudaba a poner en orden los papeles, no tenía una oficina con veinte personas como parece que necesitan ahora los expresidentes autonómicos en España.

Supongo que será una cuestión de mero equilibro. También hay casos de millonarios rácanos que se siguen preocupando de si te dejas la luz del pasillo encendida cuando acumulan cientos de millones, o aquella señora muy acomodada que por buscar un hospital de atención gratuito tras un accidente de su hijo lo único que logró es que el retraso obligase a amputarle el brazo al chaval. Ni tanto ni tan calvo.

Estas situaciones, como las de Mariscal, deben enseñarnos que hay que disfrutar de la vida, pero también tener un mínimo grado de previsión. Que las colecciones de este hombre, que se subastaban carísimas, y los diseños que encontrabas hasta en la sopa, hoy no valgan nada es un ejemplo claro de que nada es para siempre. Si hubiera gestionado correctamente sus ingresos y gastos probablemente no digo que fuera millonario, pero sí sería una persona acomodada que no tendría que decir en un periódico que su única posesión es una Vespa y que encima la pone a nombre de su hija para que no se la quiten.

Es probable que haya más historia detrás que la que nos permiten ver, pero de no ser así debemos tomar nota. Hay que escarmentar en cabeza ajena, que nunca se sabe.

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