martes, 28 de junio de 2016

El futuro de Darío Campos


El terremoto de la Diputación Provincial de Lugo, con la aprobación de los presupuestos y la ruptura del bipartito, deja en una situación bipolar a Darío Campos, presidente de la entidad.

Por un lado, tiene libres las manos de la acción sin tener que someterse a los dictados de los nacionalistas, que con dos diputados parecen querer tener el control hasta del papel higiénico, y cuenta con un nuevo presupuesto, herramienta básica sin la que es dificilísimo hacer gran cosa. Pero por otro queda en minoría, frente a un grupo que por sí solo le puede hundir cualquier propuesta porque tiene más diputados que el Gobierno, a Martínez de quien podemos aplicar eso de que “no hay peor cuña que la de la misma madera”, y ahora al BNG con lo que su situación, que ya era inestable, pasa a ser crítica.

Probablemente Campos se mirará en el espejo del Ayuntamiento, donde Lara Méndez gobierna con cierta tranquilidad gracias a la siempre leal oposición, que le vota sí a todo presente lo que presente y en la que hay grupos como Lugonovo que están deseando encontrar cualquier excusa para entrar en el Gobierno. Pero es un espejo como los de las ferias, cuyo reflejo no es necesariamente real, ya que Lara Méndez, aunque también está en minoría y con menos diputados que el propio PP, cuenta con una gran baza, que es la jaula de grillos en que se ha convertido el que tendría que ser el principal grupo de la oposición.

Eso ocurre en la Diputación, pero menos. Elena Candia no es Jaime Castiñeira, y probablemente va a manejar su especial situación con más acierto de lo que se hace en el edificio de la Plaza de España (lo cual no es complicado). Por otro lado ser presidenta del PP a nivel provincial también ayuda a mantener prietas las filas, como es obvio.

El futuro no está escrito. Si me preguntaran hace una semana les diría que apostaba firmemente por la más que rumoreada dimisión de Darío Campos. Hoy sigue siendo una posibilidad, pero se ha alejado un poco porque no hay fácil recambio sin que su partido deje de presidir la Diputación (una eventual elección de nuevo presidente haría volver al cargo a Candia, porque no creo que Martínez pique otra vez), y eso, tal y como tienen las cosas, es mucho sacrificio.

Aunque por otra parte tengo la impresión de que Darío Campos está hasta las narices. A él no se le ha perdido nada en San Marcos, a donde llegó para ejercer cómodamente de diputado provincial y se vio en el embolado de presidir un chiringuito que le resulta relativamente ajeno.

Si les soy sincero me cae bien. Comí una vez con él y nuestra alcaldesa cuando terminamos el Camino de Santiago y me impresionó favorablemente. Me parece una persona que no se anda con ceremonias, directa y que va de cara, lo que es más que resaltable en política, una profesión que ejerce de rebote porque me da la impresión de que se presentó a alcalde de A Pontenova por convicción, no por chupar del bote. Y ganó, vaya si ganó.

Darío Campos es el rey en su municipio, un alcalde indiscutido que está perdiendo un tiempo precioso en una administración ajena, y que estoy convencido de que está harto de los manejos de la supuesta alta política, con ganas de volver a su ayuntamiento a seguir con su exitosa y sencilla vida. Sencilla en el buen sentido y en comparación con la situación que vive hoy. No creo que le impresionen excesivamente los coches oficiales ni las mullidas alfombras de la Diputación, como sí les ocurre a sus ya exsocios de gobierno.

Pero desde que te metes a pisar ciertos charcos es complicado secarte los pies. No es fácil que Campos pueda dejar su cargo sin perjudicar notablemente al PSOE de Lugo y quizás por eso no lo haga. O sí. Vaya usted a saber.

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