martes, 17 de diciembre de 2013

La sana ambición y la falsa modestia

La modestia, que es una cosa maravillosa, se convierte en algo horrible cuando se le añade la palabra “falsa” delante. Entonces se convierte en una pose, en una máscara que oculta la alta consideración que uno mismo tiene de sus capacidades para que el resto de los mortales no se ofenda, no sea.

La cuestión es que para no ser modesto hay que ser muy bueno en algo. Por ejemplo, que Fraga en su día fuera modesto sería una estupidez por su parte, ya que tenía elementos objetivos (encabezar toda cuanta oposición se presentaba, tener dos cátedras universitarias…) para considerarse por encima de la media, al menos en lo que a intelecto se refiere.

Claro que también hay que matizar que lo contrario de la modestia no es recomendable, ya que la soberbia es bastante más difícil de sobrellevar para los demás, y estoy convencido de que gente que aparenta una modestia absoluta es en realidad un soberbio sobrecompensado.

Son pecados sociales. Otro que difícilmente se perdona es el de la ambición, como si fuera necesariamente mala en un mundo capitalista que gira precisamente por la ambición de sus habitantes.

Tras la caída del comunismo, que vino a demostrar lo que para muchos era una obviedad (que el ser humano, en general, no se mueve por convicción colectiva sino por interés propio), la sociedad en general asumió que es bueno plantearse retos personales para lograr superarse a sí mismo, y a los demás a poder ser. ¿Toda la sociedad? ¡No!, un país de irreductibles españoles sigue pensando que la igualdad es hacer que toda la clase vaya al ritmo del más tonto o que quien ha trabajado duro para sacar adelante su empresa y ha ganado con ello más dinero ha de repartírselo al que se niega a moverse por pereza o comodidad.

Esto implica que la ambición, que en otros países es valorada positivamente siempre que entre dentro de unos límites saludables, en España esté demonizada. Decir públicamente que te interesa tal puesto, o que te gustaría estar en tal sitio está mal visto, cosa que no entenderé jamás.

Quienes me conocen saben de mi eterna aspiración a participar en la política local. Me apasiona Lugo de una manera tal que mi mayor ambición en la vida sería ser alcalde de esta ciudad. “Porque te gusta el poder”, pensará alguno, pues no, porque entonces intentaría entrar en otros organismos que es donde se corta el bacalao.

Mi ambición tiene algo de narcisista, para qué nos vamos a engañar. Todos los que se ven atraídos por el mundo de la política es porque tienen un puntito de egocentrismo por el que piensan, pensamos, que tenemos algo que aportar. No es sentirse superior, es pensar que uno en eso puede ser bueno y que puede hacer algo positivo por su ciudad, por sus vecinos, en definitiva por uno mismo ya que al final tu ciudad es donde vives.

Por eso no veo qué tiene de malo decir en público que te gusta algo y que es tu objetivo. Si dices que te gustaría ser director de la Filarmónica de Berlín a nadie le parece mal, pero como digas que te gustaría llevar la gestión de tu ciudad te miran raro.

Eso explica que la gente mienta. Besteiro reconoce hoy en el periódico que hace un año que tenía tomada la decisión de presentarse a Secretario General del PSOE gallego. Unos días antes de formalizar su candidatura negaba tener tal convicción personal. Vamos, que nos mintió a todos, y encima no sé por qué.

Que quien pretende ser Presidente de la Xunta vea como algo positivo, como algo a vender, que la decisión la tomó unos días antes de la campaña no me parece razonable. A mí me gusta que mis líderes sean gente apasionada, vocacional. Un alcalde, un presidente de la Xunta, un presidente del Gobierno tiene que tener la convicción de que ese es su objetivo, su leitmotiv, su fin último en la vida porque eso es el servicio público.

No confundir eso con querer ser alcalde o lo que sea a toda costa, pactando con Satanás o haciendo trampas, creo que se me entiende perfectamente. Pero tampoco veo qué tiene de bueno tener ahí arriba a alguien que parece que pasaba por la calle y que, como es tan bueno, le pidieron de rodillas que encabezara su partido. Los mirlos blancos no abundan, a menos que su color sea pintura acrílica, pero eso no es sano.

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