Un blog diario da para mucho, y corres el riesgo de repetirte porque ni siquiera yo, que soy el que lo escribe, me acuerdo de todo lo que he puesto. Hoy sí recuerdo un artículo sobre el tema del callejero que publiqué hace algo más de un año y que recomiendo volver a leer porque está de plena actualidad.

Como no me gusta repetirme, no voy a volver a escribir lo que dije aquel 7 de noviembre de 2012, así que me voy a centrar en la estupidez supina que supone, en mi opinión, retirar nombres cargados de ideología para sustituirlos por otros… cargados de ideología.
Lo primero es que cuando hay unas normas lo suyo es respetarlas. El que se dediquen calles únicamente a personas fallecidas tiene la gran ventaja de que nadie está impaciente por verse en una placa, ya que primero se tendría que ver en una lápida. Esta norma se ha incumplido con casos como la calle dedicada a Misioné o la de Novo Freire, pero creo que esas excepciones tienen que ser eso, excepciones. Dedicar una calle a Adolfo Suárez, que la tiene merecida creo yo, es prematuro y puede parecer un intento de adelantar su muerte y, por pachucho que esté el buen hombre, tampoco hay que acelerarse.
No deja de ser curioso el caso de la propuesta de Raimundo de Borgoña. Están juzgando la idoneidad de llevar a Fraga al callejero (el BNG ni eso, que ya lo ha sentenciado), pero nadie discute que se meta a un noble francés que rigió más o menos por esta zona hace mil años. Algo me dice que no era precisamente lo que consideraríamos un demócrata.

Supongo que el tema seguirá dando vueltas, y esta tarde hay pleno para hablarlo, pero me gustaría reiterar una sugerencia que ya hice hace un año. Si quieren dedicar una calle al Fraga democrático, llámenle calle “Presidente Manuel Fraga”… y quizás sería más apropiado que ese nombre se lo dieran a la actual avenida de Ramón Ferreiro. De hacerlo, hacerlo bien.
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