viernes, 24 de enero de 2014

El tercer poder

No deja de ser llamativo hasta qué punto de degeneración pública ha llegado el asunto español en que cuando imputan o procesan o acusan o lo que sea a un alcalde, un concejal, un diputado, un ministro, una infanta o incluso el presidente de un club de fútbol, “el pueblo” aplaude a rabiar y jalea la medida como si fueran franceses en plena revolución de 1.789. Si ponemos unos cuantos cadalsos en las plazas públicas y hacemos funcionar de nuevo a “madame guillotine” esto sería igualito.


¡Ah, pero aún queda un reducto de fe! En cuanto se acusa a un juez de haberse desviado de su función ese mismo pueblo grita iracundo contra la arbitrariedad de la acusación. “¡Es venganza!”, claman, con una confianza ciega no en la justicia, sino en los togados, como si éstos fueran dioses incorruptibles e inmutables, que siguen manteniendo un aura de divinidad que se resiste a desaparecer.

Igual de errónea es una apreciación como la otra. La reacción que un ciudadano normal ha de tener ante una acusación a cualquier persona es la de indiferencia, aunque entiendo que eso supone unas dosis de autocontrol inconcebibles para nuestra sangre latina. Incluso ni el más nórdico de los nórdicos sería lo bastante frío como para sobrellevar con tranquilidad una acusación grave contra un vecino (imaginen el caso de pederastía de su vecino de rellano) o cargo público (lo mismo, pero de un alcalde, por ejemplo), pero sí tienen más templanza a la hora de valorar lo que puede ser una falsa acusación.

La pregunta de fondo es ¿qué hacen bien los jueces para tener ese crédito social? Probablemente no ser muy conocidos, no convertirse, como gran parte de los representantes políticos, en una especie de producto de marketing envasado al vacío y creado con legiones de asesores de imagen… o que la gente piense eso. El cine ha hecho mucho daño, y el español medio cree que un alcalde o un diputado cuentan con una agencia de gestión de su imagen que les dice cuándo toser o hacia dónde mirar al hacer las fotos. La realidad es mucho más prosaica pero menos divertida, así que ya saben por dónde opta la mayoría de la gente. 

Lo más curioso es que el respeto que mantienen los jueces viene de su misterio, de su lejanía, del aura de profesionalidad (creo que merecida en la mayoría de los casos) y de seriedad… es decir, de todo aquello que “el pueblo” dice no querer en sus políticos pero que admira en el otro poder.

Tras décadas de una tendencia que premia la palmadita en la espalda y la sonrisa de anuncio por encima de la gestión, la formalidad, y la competencia tenemos exactamente lo que hemos pedido a gritos: representantes que son simpáticos y campechanos pero cuya competencia a la hora de gestionar deja bastante que desear. Ya sé que estoy generalizando pero hablo de esas mismas personas que muchos desprecian bajo el nombre de “los políticos”, como si fueran una raza aparte y no el producto de lo que hemos pedido durante años.

¿Y no se puede ser campechano, simpático y competente? Hombre, por poder claro que se puede, pero la cuestión no es esa, sino qué es lo que primamos y el modelo que queremos, y parece que como la perfección es difícil de lograr, quien no cojea de una cosa cojea de la otra. Si se tienen que operar de algo gordo, ¿eligen al cirujano simpático o al competente? Pues para llevar la cosa pública lo hacen al revés, porque el que sale elegido es el majete, salvo que la otra opción sea sumamente desastrosa en el gobierno, y lo haya demostrado.

El poder judicial corre un riesgo que es seguir la senda marcada por Garzón. Convertirse en jueces mediáticos, jueces estrella, es lo peor que pueden hacer, porque su luz se apagaría igual que ha pasado con la de los demás poderes del Estado. Pregúntenle al Rey, que supongo que hoy mira con cierta envidia la distancia que, a pesar de todo, siguen manteniendo otras coronas que consiguen, sin ser bordes, marcar una diferencia.

El servicio público es una responsabilidad, un honor, y como tal ha de ser tomado. No como una fiesta ni como un breve periodo en la vida para enriquecerse a toda prisa por si se acaba el chollo. Y si queremos que se considere así, tenemos que asumirlo unos y otros, y no preocuparnos por si nuestro alcalde es el más majo de todos, sino si lleva bien nuestros asuntos.

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