martes, 6 de octubre de 2015

Dignidad en la muerte

Es difícil vivir y en ocasiones lo es más aún morir. Ahora tenemos sobre la mesa el tema de Andrea, la niña compostelana de 12 años para la que, por sufrir una enfermedad degenerativa “rara”, sus padres pedían una muerte digna.

Casualmente ayer vi “Million dollar baby”, la película de Clint Eastwood sobre la historia de una chica boxeadora. Aunque basar en películas las decisiones vitales es una barbaridad, sí es cierto que el arte, ya sea en forma de novela, pintura o el llamado séptimo arte, es una forma de comunicar sentimientos tan válida como cualquier otra. No olvidemos el caso de Ramón Sampedro que en España fue muy conocido pero que se hizo mundialmente famoso gracias a “Mar adentro” y abrió un debate sobre la eutanasia activa y el derecho a decidir.

Decidir sobre la propia muerte parece una cuestión de puro sentido común, si bien hay casos y casos. Ramón Sampedro por ejemplo, decidió quitarse la vida por una invalidez gravísima, una tetraplejia, que otras personas sobrellevan como buenamente pueden. En el caso de Andrea no hablamos de una calidad de vida discutible, sino de una muerte anunciada en la que solamente se busca evitar un sufrimiento innecesario.

He tenido la enorme fortuna de que muy pocas personas cercanas a mí fallecieran, pero me ha llegado para ver diferentes formas de irse. La mejor, sin duda alguna, la de mi abuela Emilia, que hasta para eso tuvo clase. Durmió una siesta de la que, pacífica y dulcemente, no despertó. Otras personas no son tan afortunadas, y aunque ella pasó por quirófano en varias ocasiones y tuvo algunos momentos duros, siempre compensan si sales adelante y recuperas tu vida. Lo triste es cuando estás luchando para nada y lo sabes perfectamente. Nunca fue su caso, pero sí el de otras personas.

El problema de acortar el sufrimiento de un enfermo terminal, que a priori parece de sentido común, está en las fronteras: ¿cuándo consideramos que un paciente está “legitimado” para acabar con su propia vida? “Es una decisión personal que tiene que tomar cada uno”, me podrán decir, y estaría de acuerdo si no fuera obvio que existen momentos depresivos en que mucha, muchísima gente, habría acabado con su vida… y de los que se arrepienten después.

La característica principal de la muerte es su irrevocabilidad. Si una persona está sufriendo un proceso médico complejo y muchas veces doloroso es probable que en algún momento tenga bajones que le hagan desear acabar con todo cuanto antes, y que le obliguen a negar una lejana esperanza en la que le cuesta creer. Pero mientras exista ese pequeño hilo de esperanza hay que aferrarse a él.

Y les pongo como ejemplo nuevamente a mi abuela. Cuando tenía 93 años tuvo una peritonitis aguda en que el médico nos preguntó si queríamos que la operasen o no. No operarla suponía condenarla a muerte, por supuesto, pero operarla en teoría también y aún recuero la frase lapidaria que nos dijo de “pase lo que pase les garantizo que esta señora no sale viva de este hospital”. Pues salió, y la tuvimos con nosotros tres años más.

La medicina no es una ciencia exacta. Evidentemente no es lo mismo una operación de urgencia que una enfermedad degenerativa cuyo desenlace se conoce perfectamente, pero los riesgos no son sentencias. Mientras haya una posibilidad…

¿Decidir el enfermo? ¿O sus familias? El primer caso ya les expliqué que sí pero con matices porque no es tan fácil. El segundo… bueno, hay monstruos en todas partes y ver el telediario te ayuda a asumir que “las familias” no siempre buscan lo mejor para sus allegados. A veces prefieren quitarse el problema de encima, y muchos tenemos en nuestro entorno ejemplos de personas cuyo egoísmo supera con mucho la preocupación por el bienestar o incluso por la supervivencia de sus propias madres. Si te vas a Canarias dejando tirada a tu madre nonagenaria en un hospital con una infección potencialmente mortal, ¿qué te va a preocupar que al médico se le vaya la mano con la morfina en determinado momento?

Puede parecer que me contradigo, y en el fondo lo hago: ¿eutanasia sí o no? Difícil cuestión. No pretendo dar una respuesta sencilla a una situación compleja. Mi instinto me dice que sí, que es algo humano y de sentido común, pero que es más fácil decirlo que hacerlo. ¿Qué garantías implementamos? ¿Qué límites? ¿Quién decide?

Siendo sinceros, la eutanasia se aplica todos los días en todo el mundo. Hay cosas que preferimos no saber, pero es lo que hay. Las decisiones de los médicos, que tienen que optar por un enfoque práctico de la vida, son mucho más arbitrarias de lo que nos imaginamos, pero tampoco es sencillo cambiar de sistema porque si hacen las cosas de determinada manera no es porque quieran hacer otra cosa que superar un problema para el que nadie está preparado.

No les envidio la papeleta.

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