jueves, 12 de noviembre de 2015

La accesibilidad como cosa de todos

Ayer compartí con Auxilia Lugo y la Asociación de Empresarios de Hostelería una mesa redonda sobre la accesibilidad desde el punto de vista del turismo, a invitación de los primeros. Tuvo lugar a las ocho de la tarde en el Uxío Novoneyra.

La primera conclusión que se puede sacar es que Lugo ha mejorado enormemente en cuanto a accesibilidad. Los rebajes de las aceras, que parecen una cosa muy obvia pero que en otras ciudades no ves como aquí, y otras medidas como la de cuidar el acceso a los locales en Lugo se están imponiendo imparablemente.

Hay que tener en cuenta que cuando hablamos de accesibilidad no estamos atendiendo las necesidades de unas pocas personas que sufren una discapacidad, sino que estamos preparando el terreno para algo que todos podemos necesitar en algún momento. Aunque solo sea por egoísmo deberíamos reflexionar sobre la fundamental importancia de este asunto.

Personalmente tuve durante años una experiencia que me enseñó muchísimo. Tuve el placer de empujar una silla de ruedas, la de mi abuela, que me demostró que cosas en que ni nos fijamos realmente son importantísimas, y les pongo como ejemplo algo tan tonto como el adoquín. Seguramente si les pregunto qué calles del centro tienen adoquín y cuales losas de granito no tendrán demasiada idea, y eso es porque no van en silla de ruedas, donde el adoquín es una auténtica tortura.

El adoquinado como dificultad. Foto del Faro de Vigo
Lo irregular del suelo adoquinado, como el que por ejemplo hay en la zona de la plaza Pío XII (la plaza que está entre la fachada de la Catedral y la Muralla, en su nombre indio) es casi impracticable para una silla de ruedas, y si atraviesa es al coste de sufrir un “baile” que en muchos casos es doloroso, literalmente hablando. Quizás pedir la retirada de todo el adoquinado sea exagerado, pero debe ser el fin al que hemos de llegar con el tiempo. Por ahora como mínimo lo suyo sería hacer “pasos accesibles”, caminos lisos de un solado más regular que permita atravesar la zona sin ese molestísimo pavimento.

Pero aun reconociendo que falta camino por andar, la parte pública ha hecho razonablemente bien su trabajo. La iniciativa privada se ve más limitada para hacer lo propio por dos motivos: el primero es que no cuenta con los ilimitados recursos de la administración, a la que encima el dinero le duele poquito porque en realidad no lo siente como suyo (al menos hasta que alguno se lo mete en el bolsillo). La segunda es que a veces las propias normativas no ayudan a hacer lo que el sentido común indica.

Les voy a poner un ejemplo cercano para que no me digan que hablo mal de terceros. En el restaurante familiar (al menos hasta el día 11 de diciembre, después ya no lo será) hay dos baños. No son excesivamente grandes, más bien al revés. Pero si te planteas adaptarlos las normativas te exigen una serie de medidas que es imposible cumplir en ese espacio. Una posibilidad sería fusionar los dos baños y hacer un único aseo mixto, pero también está prohibido.

Hoy día hay innumerables normas de todos los rangos, colores y sabores que hacen que cada vez que mueves una piedra tengas una única seguridad: que te pueden sancionar unos u otros. Si no es sanidad será urbanismo y si no cualquier otro negociado que aplique una norma de hace doscientos años y que nadie recuerda hasta el momento en que se puede usar para sacarte el dinero. Con esos mimbres ya me dirán ustedes qué cesto podemos hacer.

Eso sí, lo público que como les decía en Lugo funciona razonablemente bien, también tiene sus vergüenzas: ¿Por qué los baños públicos accesibles de Lugo llevan cerrados un año? No será porque no se les ha avisado reiteradamente, pero a veces el gran problema de fondo es que la accesibilidad no es tanto un fin como una medida de publicidad y propaganda para hacerse la foto y olvidarse al día siguiente.

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