miércoles, 29 de mayo de 2019

¿Es posible que haya más censura ahora que hace treinta años?


Ayer en la 2 se emitió una nueva entrega del programa “Cachitos de hierro y cromo” en que tratan un tema repasando actuaciones míticas y llamativas de la televisión de las últimas décadas. Nos tocó “Girlpower” y echamos un vistazo a himnos más o menos previsibles como “Malo” de Bebe o “Girls just want to have fun” de Cyndi Lauper. Pero había otras canciones que hoy no se podrían poner en las radios a riesgo de recibir denuncias de los “ofendiditos”.

Por ejemplo, Vulpes no podría en estos tiempos cantar alegremente “Me gusta ser una zorra” ni quizá a Raffaella Carra le dejarían hacer su homenaje al onanismo femenino con 5353456 a menos que hicieran como en tiempos de Franco y les colasen a los de la censura metáforas más o menos ocultas (yo me enteré ayer de que la canción iba de eso).

Nuestra tan cacareada libertad se está limitando día a día, bajo el pretexto de las “ofensas” a tirios y troyanos. Por ejemplo, Martes y trece darían con sus huesos en una cárcel si hoy tuvieran la osadía de hacer casi cualquiera de sus programas de fin de año, con los que nos desternillábamos viendo a Millán haciendo su “Maricón de España” o a Josema dándole al estropajo mientras orgasmeaba sin rubor. Si un señor saca una letra de una canción diciendo “que se mueran los feos” hoy sería denunciado por fiscalía. En su día le vieron la gracia y tuvo éxito, y no pasó nada.

En estos días solo se admiten los tacos o las acciones radicales si son contra la Iglesia Católica (prueben a hacer una de esas “performances” en una mezquita y ya verán la que les lían), contra las ideas conservadoras, o contra lo que hace no demasiado se consideraban buenas costumbres.

A la cárcel...
No me entiendan mal, no se trata de volver a los años cuarenta ni mucho menos, he puesto de ejemplo canciones que son más de los ochenta. En esa época se hacían chistes de mal gusto y todos sabíamos que eran eso, chistes y de mal gusto. Y no pasaba nada. No sé si la gente se tiraba de las azoteas porque se había sentido dolido por una vulgaridad de una cinta de Arévalo pero lo dudo bastante.

El respeto no es una censura perpetua sino otra cosa diferente. No se trata de andar con el bolígrafo rojo tachando todo aquello que nos resulte “intolerable” porque eso es lo que hacen las dictaduras.

¿Entonces tenemos que aceptar sentirnos insultados porque es libertad de expresión? Sí, sin duda. De lo contrario no podríamos abrir la boca y entraríamos en una espiral en que un anuncio de jamón serrano ofendería a los musulmanes y otro de bodas gays a los ultras católicos. Aquí hay para todos.

La respuesta al mal gusto no es la cárcel sino la condena social, la repulsa del conjunto, el no reír las gracias que no nos hacen gracia y que nos resultan ofensivas, pero no el código penal (recuerden que no hablamos de amenazas, eso es otro tema).

¿Desde qué momento lo transgresor de las normas sociales es algo a perseguir jurídicamente? ¿Cómo podemos meter en la cárcel a un tío por hacer guiñoles o por tener un gusto pésimo haciendo letras de canciones?

¿Cuándo nos hemos hecho tan carcas?

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