jueves, 18 de junio de 2020

No a la Madrileñofobia, sí al ''sentidiño''


Ayer hablábamos del racismo basado en el color de la piel o la nacionalidad, y hoy vamos a continuar con el tema pero dándole un giro, el del “racismo interior”, el nacional, el patrio.

Supongo que conocerán esos textos escolares de la época del franquismo que describían a la gente de las regiones colgándoles etiquetas (a los gallegos nos tocaba, me parece recordar, ser “trabajadores y honrados”, no está mal) que no dejaban de ser meros lugares comunes.  Curiosamente el nacionalismo coincide con Franco en que “los de aquí somos diferentes” y esa supuesta diferencia es el primer escalón para ser “mejores”, y de ahí saltamos al supremacismo y esas tonterías que en lugar de corregirse con argumentos y sentido común se afrontan con otras tonterías que ahora están tan de moda y que hacen que se pretenda meter en un cajón nada menos que a “lo que el viento se llevó” o denostar a Winston Churchill, quien fue la piedra angular de la derrota de Hitler. Estoy esperando a que alguien pida tirar las pirámides de Egipto por ser un monumento dictatorial o quemar Las Lanzas por tratarse de un ensalzamiento de la guerra. Del maltrato animal de las pinturas rupestres de Altamira ya ni hablamos, hay que echarles pintura por encima para que los niños no aprendan mal y el día de mañana anden matando bisontes.

La Historia ha de ser vista en perspectiva. No se salva ni uno de los grandes personajes porque todos tenían algo que rascar, normalmente por la época en la que vivieron, en que se consideraban normales aberraciones como la esclavitud, la subyugación de la mujer, el racismo o incluso el asesinato (dependiendo de a quién matases, claro).

Todo esto viene a cuento de la “madrileñofobia” que hay hoy día a causa del COVID-19. El hecho innegable de que Madrid sea el foco principal de la infección en España, una cuestión de sentido común porque estadísticamente hablando era de manual que les iba a tocar antes a ellos que a Badajoz, no puede ser un argumento para tratar a nuestros vecinos como apestados, principalmente porque ni es ético ni tiene sentido. Estoy seguro de que si fuera al revés, y la pandemia se hubiera cebado con Galicia, estaríamos reclamando “solidaridad” y pidiendo que no se nos tratase como si apestados por razón de nuestro lugar de residencia.

¿Entonces qué hacemos? ¿Los dejamos venir a nuestras playas y nuestras ciudades a propagar nuevamente el virus?: pues ahí está el problema, que no son “nuestras playas y nuestras ciudades”, también son suyas, tanto como son nuestros la Gran Vía o el Museo del Prado, el Guernica, la Plaza Mayor o el Palacio de Oriente.

Verán, hay que buscar un equilibrio, pero no se trata de una cuestión regional sino más individual (porque cada cual ha de ser responsable) y, paradójicamente, más global (porque esto necesita una respuesta de la Sociedad en su conjunto). Si una persona presenta síntomas o es sospechosa de ser portadora da igual que sea de Madrid que de Baracaldo, la respuesta ha de ser la misma.

El equilibro del que hablaba es el “sentidiño” de toda la vida, y ha de buscar conjugar dos cosas: la obvia precaución que haga que nos fijemos con más atención en quienes viven en zonas con mayor número de contagios para tomar ciertas medida preventivas, pero sin perder de vista que todos estamos en el mismo barco. Todos.

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