miércoles, 20 de enero de 2016

La crítica interna en los partidos

Dicen los telediarios que Podemos ha perdido cinco escaños, porque uno de los núcleos con los que se había presentado a las elecciones (el valenciano me parece) se “independiza” y como no tiene grupo propio tampoco quiere entrar en el “principal” así que se van al mixto. Esto hace que de 69 diputados bajen a 64.

En Galicia, por su parte, tienen montado un lío bastante considerable, con ceses y renuncias así como críticas bastante encendidas por parte de grupos de base, que piden dimisiones y cambios en la cúpula de la agrupación autonómica.

Pues les envidio. No los problemas, evidentemente, pero sí que sus bases sean tan activas y den la cara, hablen, protesten, piensen y salgan a decir las cosas a la cara. Es una novedad en el panorama político nacional.

Los partidos, al menos en lo que yo conozco, se basan en el silencio cómplice de una parte importante de los afiliados, que aunque no estén de acuerdo con las líneas marcadas por la dirección suelen tener un cierto respeto, vamos a llamarlo así, a decir en voz alta que no comparten el criterio. A los que tienen la valentía de hablar en las reuniones, cuyo formato ya está pensado para que los monólogos de los líderes se vean lo menos interrumpidos posible por los de a pie, se les tacha de “pesaditos”, “tocahuevos” o lindezas semejantes, cuando no de “traidores” como me ocurrió a mí hace ya algún tiempo por decir algo que, curiosamente, luego también dijo Alberto Núñez Feijoo.

Es habitual en mí la comparación entre las simpatías hacia un partido político y el seguidismo con un equipo de fútbol. Suelen tener mucho más en común de lo que parece, porque si bien cualquiera de los dos “hinchas” pueden darte razones que más o menos justifican su amor por los colores en cuestión (aunque a veces en política esas razones son totalmente contrarias a la filosofía del propio partido), se les complica más el asunto si tienen que reconocer errores del colectivo, al menos en público.

Las ovaciones cerradas cuando habla el Presidente, de lo que sea, son muy habituales en una España bastante borrega, que busca desesperadamente un pastor que le guíe y le permita pensar lo menos posible, que cansa mucho.

En esa búsqueda del líder absoluto, aquel que hace todo lo que “el Pueblo” desea pero sin tener que molestarlo preguntándole o haciéndole participar, hay desengaños, pero cuesta mucho, muchísimo, que esos desengaños calen en los fieles.

Empezaba diciendo que me gusta mucho que las bases de Podemos hablen alto y claro de lo que no comparten con sus jefes, pero también tengo que decir que se aprecia claramente ese seguidismo atroz del que les hablaba con muchos simpatizantes de esta formación, como ocurre con las demás.

Si los titulares de prensa que dicen que el gobierno de Irán está financiando a Podemos se refirieran al PP, no me quiero imaginar las manifestaciones y las barbaridades que podríamos leer por ahí. No es el caso, se hacen comparaciones en plan “y tú más” (aunque es difícil superar lo de la teocracia asesina, la verdad) y se obvia que el propio Pablo Iglesias reconociera en público que hay que “cabalgar las contradicciones” porque de lo contrario serían los únicos “imbéciles” que no se aprovechan.

Que si quiere contratar un aumento de los “megas” en el móvil Pablo Iglesias tenga que llamar a la compañía y decir que es Mahmmoud Alizadeh Azimi (persona titular de su teléfono móvil privado) es, como mínimo, raro. Pero eso no se dice desde las bases ni los fans de Podemos, sino desde la prensa que ahora se va a convertir en “la mala” cuando fue quien creó a la agrupación a gran escala.

Las críticas que se hacen, con razón, a los afiliados y militantes de los partidos tradicionales en cuanto a inmovilismo y falta de crítica interna empiezan a ser aplicables a los seguidores de la nueva casta. Los dejes y maneras de “tú cállate” que se achacaban, con razón nuevamente, a esos partidos de la “vieja política” empiezan a vislumbrarse en los que apoyan a las nuevas corrientes, y eso es para preocuparse.

Porque yo jamás he sido de Podemos, y está en las antípodas de mi ideología un partido neocomunista como ese, pero puedo respetar ideas diferentes. Lo que me cuesta más es tragarme que, encima de querer aplicar políticas soviéticas, no exista esa crítica que era su mayor valor.

Disfruten lo votado.

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