lunes, 30 de mayo de 2016

La vida sin Ducki

Les hablé alguna vez de Ducki, un precioso labrador retriever que tuvimos en casa unos meses porque su dueño tuvo un tema de salud que le impedía hacerse cargo del perro. Incluso creo recordar que había hablado de que nos estábamos encariñando tanto con el animal que solo la intervención de la Guardia Civil haría que lo devolviéramos a su propietario, pero reflexionando el tema, y una vez dado de alta el dueño, hay que asumir que si el perro fuera mío haría lo que hiciera falta por recuperarlo así que… el viernes lo entregamos a la persona con la que debe estar: con su amo.

Aunque es cierto que siempre me ha sorprendido la personalización de los animales que hace alguna gente, que publica en el Facebook lo triste que está porque se murió su perro pero no dedican un segundo de su tiempo a comunicar su pesar porque fallece su abuela (literalmente), me ha cogido un poco por sorpresa el gran hueco que puede dejar un perro, y más cuando pienso que lo tuvimos solo desde enero.
 
Mucha gente bienintencionada nos aconseja llenar ese vacío cogiendo otro perro en la protectora, cosa que habrá que pensarse con mucha calma, pero es difícil porque no es “un” perro sino “ese” perro. Ha sido muy duro devolverlo, y se agradecen detallazos como el de mi madre, la "abuela postiza" de Ducki, que vino desde Foz solo para comer con nosotros ese día para despedirse del perro y, sobre todo, para acompañarnos en ese momento tan complicado. Es un perro sí, pero qué perro...

Las grandes ventajas de Ducki son que ya está muy educado y es adulto, con lo que su carácter ya está “aposentado” y no te come los muebles ni te mea en las alfombras. Es obediente, tranquilo en casa pero al mismo tiempo juguetón fuera, y tiene esa mirada que tienen los labradores que hacen que le permitas cosas que sabes que no debes.

Si me planteara volver a tener perro, que me lo planteo, ahora ya sé cuáles son las grandes desventajas: tener pelos en casa, estar sujeto a un horario, madrugar para pasearlo (esto por suerte no me tocaba a mí…), tener una preocupación más para ver qué haces un fin de semana o en vacaciones, recoger las cagadas que haga por la calle (pensé que me iba a costar más, no es para tanto la cosa), ser responsable de lo que hace el perro…

Vamos, que son una serie de limitaciones bastante serias al día a día. No puedes decir al salir de trabajar “bah, nos vamos a comer por ahí y no volvemos a casa hasta la noche”, porque te está esperando tu perro para que lo saques a pasear y para estar contigo…

Pero ¡las ventajas!... Amor incondicional, que esté pendiente de ti pidiendo como máxima recompensa el simple hecho de estar tumbado a tu lado en casa mientras estás viendo la tele, leyendo en silencio o haciendo un puzle. Le da igual. Esa alegría cuando llegas a casa, ese recibimiento que no te imaginas que sea posible cuando hace solo un par de horas que te ha visto... Y el placer de salir a pasear con tu perro, que quiere jugar contigo y, a ratos, sentarse a tu lado mientras tomas algo en una terraza. 

Creo que las ventajas superan con mucho los inconvenientes. También es cierto que hay que pensárselo mucho porque estás haciéndote cargo de una vida, y eso es una responsabilidad tremenda.

Si tuviera seguro que el perro que coja es la mitad de perfecto que Ducki ya estaría de camino a la protectora. Verán que me refiero todo el rato a ese sistema, porque aunque como a todo el mundo un cachorro me resulta tentador, qué quieren que les diga, los amigos no se compran.

Toca acostumbrarse a la vida sin Ducki. Al menos está en su casa, y muy bien cuidado, no se puede pedir nada mejor.

1 comentario:

  1. Es muy complicado, dejas entrar en tus vidas otra vida que te condiciona mucho pero que te recompensa mucho más. Y que como siempre, lo añoras cuando no lo tienes y lo disfrutas cuando lo tienes. Lo que no entiendo tanto es el no querer otro, solo ese, es como si alguien no quiere tener hijos porque es muy difícil que salgan igual de "majos" como los de los vecinos. Tener una pareja, un hijo o un animal de compañía es un poco responsabilidad de cada uno, de cómo se educa, de cómo se forma y su comportamiento, pero mucho también de la personalidad de la persona que te toque o del compañero animal, y esa parte, que no podemos determinar a priori no implica que no busquemos el querer compartir nuestras vidas. Con una pareja, si la convivencia no es satisfactoria uno se sienta, se habla y se acaba la relación. Con la descendencia o con un animal de compañía tienes una responsabilidad que no es tan fácil eliminar pero que tampoco creo que puedas eludir elegirla simplemente porque hubo, en un pasado, algo muy bueno que crees que no se repetirá.

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