martes, 26 de mayo de 2020

Ansiedad, depresión y tristeza, las otras secuelas del COVID-19



Uno vive su vida no la de los demás, y por eso la perspectiva que cada cual mantiene sobre una situación difiere de la del resto de los mortales por mucha empatía que tenga.

Por ejemplo yo he pasado lo más gordo del aislamiento causado por la pandemia de una forma diferente a la de la mayoría, ya que no es que haya seguido trabajando con normalidad, es que mi labor ha aumentado exponencialmente por las funciones que desarrollo en la administración. No me entiendan mal, soy un administrativo de base no un cargo, pero me ha tocado la china por la naturaleza de mi trabajo y he estado acudiendo todos los días como si nada pasara. Bueno, no, tuve que ir muchísimo más. 

Esto, unido a que tenemos perro y había que sacarlo de paseo aunque sea cerca de casa, hace que en realidad no haya sufrido el confinamiento, así que me cuesta mucho trabajo ponerme en la piel de toda la gente que se quejaba amargamente por estar metidos en sus casas (deberían de leer el diario de Ana Frank y luego a ver si se quejaban) y también me parece que estoy viviendo el regreso de forma distinta a los demás.

Suspendí la actividad del blog porque no daba hecho más y lo último que me apetecía al volver a casa era sentarme ante el teclado, pero también porque no tenía mucho que contar ni que reflexionar que no fuera el monotema. Para dar vueltas a lo mismo no merecía la pena y sobre todo cuando me di cuenta de que la información que teníamos en un momento era completamente diferente a la del anterior, así que pensé que no merecía la pena opinar sobre algo que quizá no fuera cierto.

Me pasó con el tema de las mascarillas. Si ven el artículo el día 10 de marzo les decía que había que buscar la mesura y que “tampoco es que tengamos que ir por la calle con guantes y mascarilla”. Incluso en otro artículo me hice eco de las recomendaciones de que solo se usara en caso de pacientes con patologías porque era lo que nos recomendaban. Pues ya ven, los guantes no pero la mascarilla nos la han puesto por decreto tras decir que no era recomendable. Y así todo. Muy poca seguridad la verdad.

También es cierto que en ese artículo les contaba que no había ido a un desayuno con Feijoo porque no me parecía el momento más prudente para hacerlo, y a pesar de que me llamaron alarmista tampoco es que recomendase al resto no ir, simplemente hice lo que consideré más conveniente sin más. Curiosamente quienes organizaban ese desayuno el día 10 de marzo ahora cargan contra quienes apoyaron las manifestaciones de dos días antes. Tal vez tengan razón con la crítica, pero también deberían recordar sus propias acciones.

Pero lo que les iba a contar. No viví el confinamiento como el resto y quizá tampoco vivo la “desescalada” (me sigue chirriando ese término) como la mayoría. En lugar de sentir alivio y alegría por la paulatina vuelta a la normalidad me noto de mala leche, molesto… no sé si será algún tipo de síndrome de esos tan modernos que tenemos ahora en el primer mundo, pero lo noto mucho.

No me atrevo a comparar lo que nos tocó en alguna administración con trabajos mucho más duros, peligrosos y de mayor responsabilidad, como todos los relacionados con sanidad, seguridad o abastecimiento de alimentos, no me entiendan mal. Yo venía a un edificio totalmente vacío a sentarme frente a un ordenador mientras otros se jugaban la vida en los supermercados, sostenían la mano de moribundos o directamente vivían situaciones dantescas. Les hablo de las sensaciones, pero si a mí me está pasando esto no quiero pensar lo que les tocará a otros que estuvieron en las trincheras de la defensa de la salud.

Si a alguno de ustedes le pasa esto, ya ven, no están solos. La mezcla de desconfianza, tensión acumulada, hartazgo y, por qué no decirlo, miedo nos pasa factura e incluso me atrevo a decir que la alocada alegría en este caso es muy fácil de convertirse en imprudencia. De hecho hasta veo con malos ojos ese exceso de júbilo y me parece una falta de respeto tanto a los miles de muertos (aunque hoy haya 2.000 menos que ayer, sorprendentemente) como a quienes se han dejado la salud física o mental por el camino, que son legión. A lo mejor por eso estamos todos tan tensos y tan susceptibles y eso causa las batallas absurdas de que les hablaba ayer.

Tal vez haya que empezar a asumir la “nueva normalidad” e intentar superar juntos este trauma. Por mi parte intentaré volver a darle a la tecla y a hablar de Lugo, que es lo que más me interesa. No les prometo la constancia diaria de antes, pero se intentará.

¡Vamos a ello! ¡Ánimo a todos!

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