| Forges, siempre Forges. |
Mañana (es decir, hoy cuando lean esto) será lunes y, al igual que Garfield, a muchos se nos hacen cuesta arriba. A mí me pasa algo curioso y es que normalmente llevo peor los martes, porque ya tuve que madrugar para ir al trabajo el día anterior y aún queda casi toda la semana por delante. Después la cosa va cambiando. Los miércoles ya estás a medio camino y los jueves tocas con la punta de los dedos el fin de semana que, por suerte, comienza el viernes a mediodía para los que tenemos la fortuna de tener horario continuo de mañana.
Hace poco me encontré por la calle con un hostelero de los de toda la vida que cerró su local hace unos años. “¿Qué tal, cómo vas?” le pregunté, imaginando una respuesta optimista y llena de alegría por su tiempo libre… “Fatal”, me contestó, “no me acostumbro”. A él le obligaron a jubilarse porque si no aún estaría tras el mostrador. Hay gente para todo.
El sábado fuimos a comer al Manuel Manuel, otro local histórico que en poco más de un mes echará el cierre por jubilación de su propietario, y tampoco lo vi con una alegría desbordante ni haciendo una cuenta atrás como sí llevó a cabo mi madre, que cerró lo antes que pudo porque estaba deseando disfrutar de su tiempo, aunque ella siempre fue diferente a sus compañeros de profesión porque ya antes valoraba más disfrutar de la vida que encerrarse en el negocio.
Tengo compañeros de trabajo que piden la prórroga en su puesto al llegar los 65 años, y no porque necesiten una inyección económica o les mejore la futura pensión, sino por el miedo a no saber qué hacer con tanto tiempo libre. Me cuesta muchísimo trabajo entenderlo, la verdad.
La jubilación no es lo que era. Antes suponía el paso previo a la muerte, como si fuera una especie de preparación para lo inevitable y aparcar a las personas que hasta ese momento llevaban vidas plenas y productivas dándolos por amortizados. Pero las cosas han cambiado.
La libertad de tener todo el tiempo por delante, la ausencia de obligaciones laborales y la innegable mejora media de la salud de las personas que entran en la edad del "júbilo" son factores que hacen que se haya producido un cambio mental fundamental. Con 65 años en los 80 eras un anciano y te vestías y comportabas como tal. Hoy son los nuevos 50.
Desde 1950 en España la esperanza de vida ha pasado de poco más de 60 años de media a superar los 80. Son 20 años más y, lo que es más importante, con mejor calidad de salud, movilidad y demás. También ha aumentado el número de persona que alcanzan las tres cifras.
Todo ese tiempo es libertad y jamás he entendido a quienes prefieren seguir madrugando y fichando para ir a trabajar por voluntad propia. Otra cosa es que haya obligaciones económicas o responsabilidades que cumplir, pero no hablamos de eso, sino de quienes quieren seguir trabajando porque tienen miedo a la alternativa.
Pues no se lo tengan. Si ven que se les hace demasiado tanto tiempo libre ayuden en alguna causa noble que conozcan (hay muchas organizaciones benéficas que seguro que agradecerán su colaboración y experiencia), e innumerables opciones para ocupar los días. En todo caso, todo es voluntario y esa es la clave, porque también se corre el riesgo de sobrecargarse. Cada vez que me encuentro con Julio Giz lo veo más apurado que cuando trabajaba, porque la tentación de tirar de quienes “total, si tienes tiempo que estás jubilado y no tienes nada que hacer” es peligrosa… y abundante.
Mis abuelos maternos se jubilaron en cuanto pudieron e hicieron bien porque él, lamentablemente, no disfrutó demasiado porque falleció pocos años más tarde. Mi abuela Emilia, sin embargo, vivió hasta los 96 años y disfrutó cada día con una voluntad de hierro, viajando, acudiendo a espectáculos, a su queridísimo Breogán y a todo cuanto se le ponía por delante. Veo que con mi madre ha sido hereditario. Espero que la cosa siga siendo genética.