viernes, 11 de enero de 2013

Un mundo de honor

A ver si nos vamos de fin de semana con buen sabor de boca. Les voy a contar la historia de un gesto que se dio el pasado 2 de diciembre en una prueba de atletismo y de la que no he oído hablar demasiado, la verdad. 

Lo que pasó fue lo siguiente: en una carrera de atletismo había dos corredores finalistas. El primero un keniano, Abel Mutai, que estaba ganando con mucha claridad la carrera (el bueno del chico es medalla de bronce de los últimos Juegos Olímpicos); el segundo el español Iván Fernández Anaya, que ve con sorpresa que su rival se para unos metros antes de la meta… porque se ha confundido y cree que ya ha llegado. ¿Qué hace Iván? ¿Aprovecha la ocasión para rebasar al oponente y hacerse con la carrera? No. Al llegar a su altura se detiene, empuja al otro, le explica por señas que se ha colado y lo lleva casi en volandas a la meta, regalándole la prueba. 
Deportivamente hablando fue una barbaridad, aunque la palabra deportividad también se refiere a lo que hizo ese chico. Su entrenador, el maratoniano Martín Fiz, reconoció que él no lo habría hecho. Si nos miramos todos el ombligo reconoceremos que la mayoría de nosotros tampoco. Nos han metido en la cabeza el rollito americano de que lo importante es ser el “number one” y que la generosidad, la entrega, la honradez y la caballerosidad palidecen frente a una medalla de oro. Iván no lo pensó así. 

Este chico, estudiante de FP porque el atletismo no le da para comer, se ha convertido para mí en un ejemplo. No siempre se trata de ganar, ni de ser el primero. A veces hay que ser más honrado que eso y llevar las cosas como uno piensa que se han de llevar, y no aprovechar un error ajeno cometido sin mala voluntad para torcer el resultado y convertir la derrota en victoria a cualquier precio. 

Habrá perdido esta carrera pero ha ganado mucho, muchísimo más. Ha ganado una medalla de oro al honor, a la coherencia, a la deportividad y a la humanidad de un gesto que le honra. Si hubiera más gente así, viviríamos en otro mundo, y les puedo asegurar que no sería peor que el que tenemos. Sin duda sería un mundo de honor.

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