
Aquí confrontamos dos argumentos, el serio y el demagógico, que deberían ser diáfanos como una mañana de verano, pero que no lo son porque nuestra sociedad está en un punto tal que no diferencia entre el agua y el espejismo. ¿Dónde está el problema de base? En la falta de respeto a las instituciones, la desconfianza en un sistema político que se ha demostrado poco efectivo en la organización de la cosa pública, y, sobre todo, en una suicida tendencia por parte de algunos de no diferenciar entre los partidos y los organismos que rigen.
La inviolabilidad del Parlamento es una máxima que hay que respetar. A pesar de que en este momento las instituciones están en horas bajas, es en estos momentos cuando uno tiene que mantenerse firme en sus principios. No podemos confundir que haya ganado las elecciones quien no nos guste con una falta de democracia. Este concepto, precisamente, pasa por la aceptación de que gobierne la mayoría (aunque con respeto a la minoría) y por asumir que a veces ganan los otros.
Hay una evidente moda de salir a la calle pancarta en mano para defender los intereses propios. Esto es perfectamente legítimo, sólo faltaría, pero siempre y cuando tengamos en cuenta dos cosas: la primera es que esas personas defienden lo suyo, y la segunda es que no pueden, con esa protesta, perjudicar los intereses generales. Pero la táctica política más simplista hace que cuando algunos ven una aglomeración de gente protestando se pongan al frente y, no es que les apoyen, es que quieren perjudicar al de enfrente. Con este esquema, en que entran al trapo la mayoría de los partidos y muchas agrupaciones “apolíticas” (al menos hasta que rascas un poquito), te encuentras con una situación insostenible. Puede que esto sea rentable a corto plazo pero como estrategia de sociedad es una ruleta rusa.

No estoy diciendo que el Parlamento deba reunirse a puerta cerrada, pero el público tiene que respetar unas evidentes normas de comportamiento. Quizás habrá que imponer sanciones económicas fuertes a quienes interrumpan las sesiones, o incluso a quienes los han invitado, con penas de inhabilitación temporal, así controlarían mejor a quiénes respaldan para sentarse en el palco.
En cualquier caso, no podemos permitir que una supuesta “democracia directa”, que no es tal sino una maniobra de política cutre, viole la esencia misma del debate democrático, que es el desarrollarlo sin sentir en el salón el aliento de quienes gritan por sus intereses. Eso en la calle.
Una última sugerencia. Si piensa diferente y cree que es legítimo ir en ese plan, imagine que quienes están ahí son, por ejemplo, nazis o algo por el estilo. E imaginen que van todos los plenos a interrumpir ¿Sigue gustándole la idea de que presionen a nuestros diputados? A mi no.
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