miércoles, 18 de diciembre de 2013

No te me ofendas, España mía

No te me ofendas, España mía, que sabes que soy muy tuyo, pero a veces no hay Dios que te comprenda. Montas un cristo por la que se lió con la sentencia de Estrasburgo y te indignas, con toda lógica, por la excarcelación de terroristas, violadores y otros monstruos que no deberían pisar la calle en su vida pero que, con tu Constitución en la mano, tienen el derecho a rehacer su vida… Pero al mismo tiempo me montas otro cirio porque el Gobierno quiere sacar una ley de seguridad que impedirá que encapuchados intenten quemar contenedores.

La tensión entre los conceptos de libertad y seguridad siempre ha estado ahí. Todos queremos pasar rápido el arco de detección de metales del aeropuerto y nos jode que nos hagan protagonizar un striptease que, además de involuntario, es de dudoso gusto en la mayoría de los casos… pero el Torquemada que nos queda dentro desde épocas de la reconquista nos pide que al moro que va sentado a nuestro lado le miren hasta los empastes por si tiene un explosivo experimental que pueda hacernos volar sin necesidad de avión.

Como sabrán quienes me leen de vez en cuando soy liberal. Eso no quiere decir ni que defienda que la gente lleve pistolas en la sobaquera ni que esté de acuerdo con que las empresas contaminen o que exploten a sus trabajadores, que son los clichés habituales asignados al liberal por el inculto de turno. Un liberal es aquel que cree más en la libertad individual que en el colectivismo, y más si este último tiende, como suele hacerlo, a la dictadura.

Pero las libertades también tienen que tener límites. Uno puede ponerse pasamontañas si, como su nombre indica, va a pasar una montaña andando y está a 4 grados bajo cero. Ahí tiene justificación. Y si tiene frío aunque esté en Málaga en agosto también tiene derecho a ponérselo. Lo que no comparto es el derecho que le asiste a usar ese pasamontañas como si fuera un perfil falso del Facebook, es decir, para taparse la cara y empezar a coser a patadas al caro, carísimo mobiliario urbano que he pagado con mis impuestos.

¿Ustedes creen que una persona de bien va a manifestarse tapándose la cara para reclamar más medios para la sanidad? “Es que son policías infiltrados que crean conflictos para luego poder darle a la porra”. Sí, que ahora en la policía se entra a los 15 años. Amos anda.

Ustedes piensen por un momento que son la administración. ¿Cómo organizarían el derecho a manifestación? ¿Lo dejarían así a las bravas sin ninguna regulación? Porque les recuerdo que si se juntan 5000 descerebrados (hay incluso más) y montan un sindios de los que hacen temblar las paredes encima la culpa se la van a echar a usted, “político”, que no supo proteger la tranquilidad del pueblo.

Entonces ponemos unos requisitos: avisar de que se va a convocar la manifestación y su itinerario (por aquello de poder cortar el tráfico, llevar ambulancias... vamos, prepararse), y que la gente que participa no use el acto para reventar cristales de bancos a pedradas. Aunque les apetezca.

Pues por ahí van los tiros, señores míos. ¿Que puede haber artículos que dan lugar a situaciones absurdas? Por supuesto, pero para eso está el debate en Congreso y Senado. El problema es que dicho debate no es tal. No creo que ni unos ni otros se hayan leído el texto (escrito, seguramente, desde técnicos del Ministerio que no van a perder su precioso tiempo explicando a sus señorías, que son los que han de votar, el fondo del asunto) para opinar sobre cuestiones jurídicas o si la redacción de tal artículo puede dar lugar a problemas. No. Unos van a decir que es un texto fascista aunque no lo sea y otros que es la libertad en negro sobre blanco aunque tampoco lo sea. 

Y mientras tanto, la contradicción última. La sociedad que presionó durante décadas para que no hubiera cadena perpetua porque somos más progres y guays que nadie y que ahora se rasga las vestiduras cuando esos despojos humanos salen de la cárcel porque han cumplido sus penas. La misma sociedad que pide guillotina un día y mano blanda al siguiente, o al revés.



Hasta que pase algo en una manifestación, y entonces dirán “hombre, es que parece mentira que se permitan ciertas cosas”. Y así hasta el infinito.

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