lunes, 5 de junio de 2017

El terrorismo consigue su objetivo: sembrar el terror

El domingo, tomando un café en la Plaza de España y leyendo en La Voz de Galicia las terribles noticias sobre los atentados de Londres, pensaba en lo inseguros que realmente estamos, y en lo imposible que es alejar esa sensación por mucha policía que veas por la calle. Obviamente Lugo no parece ser el lugar en el que un islamista radical venga a matar gente pero vaya usted a saber.

Cada vez que hay un atentado, lamentablemente más frecuentes cada día, escuchamos y leemos reacciones que dan con la fórmula mágica, con la solución infalible, la piedra filosofal de la paz. La mayoría de esas panaceas ignoran completamente la realidad de dichos atentados, porque distorsionan los hechos para adaptarlos a sus fines políticos y sus neuras personales, lo que vimos en los tuits de Trump que ignoraban los hechos para hacer campaña por “sus” políticas racistas al igual que hacía en su día Hitler.

Los héroes que ayudan a los demás a riesgo de sus vidas
La durísima verdad es que no hay un patrón, más allá de la masacre. Ya no se trata de controlar las armas, porque nos matan con camiones o con cuchillos, ni de prohibir la inmigración, puesto que vemos que algunos de los asesinos son nacidos y criados en occidente. El único elemento común de toda esta historia es la religión, y en un occidente liberal es muy complicado, e imposible de justificar, vetar a la gente tener sus creencias.

Sin embargo, y por difícil que resulte, a lo mejor sí que hay que plantearse restringir ciertos aspectos religiosos, o incluso perseguir la radicalización y, al igual que se disuelven peñas futbolísticas cuyo fin último más que seguir a su equipo es zurrar a los de otros, poner sobre la mesa penas severas contra quienes hacen apología del terrorismo retorciendo las palabras de su dios, sea éste el que sea.

En España tuvimos experiencia con la más que discutible relación de un sector de la Iglesia con ETA, o como mínimo con la tibieza de su respuesta ante los terroristas. Sin embargo por muy críticos que podamos ser con Monseñor Setién o con Uriarte, ninguno, hasta donde yo sé, cruzó la línea de la apología del terrorismo como sí atraviesan ampliamente otros religiosos de diferentes confesiones.

El problema es dónde poner la línea. Por ejemplo yo mismo he defendido el derecho de las mujeres a llevar velo o burkini si es su deseo y su convicción porque no entiendo que seamos liberales para destapar un cuerpo pero no para taparlo. Sin embargo entiendo que es algo más complicado que eso porque el matiz es cómo llegar a entender si las señoras que se ponen esas prendas lo hacen obligadas o por propia iniciativa, e incluso en el segundo caso es obvio que hay una presión social de su entorno para hacerlo, pero probablemente no sea mayor que la que no hace tanto (y aún ahora en muchos sitios) recibían y reciben las viudas para ir de negro durante años tras la muerte de sus esposos.

El atentado de Hipercor marcó una diferencia
En cualquier caso el objetivo último del terrorismo se está cumpliendo: sembrar el miedo. De ahí viene la palabra terrorismo, obviamente, y aquí nos afecta a todos. Una verdad terrible del terrorismo es que si hay un objetivo definido y concreto el resto de la población siente un vergonzoso alivio, pero aquí no es el caso. Cuando ETA atacaba cuarteles la gente que no estaba vinculada a la Guardia Civil sentía asco... pero un temor relativo porque no sentían ser un objetivo de los asesinos. Eso cambió en el 87 con el atentado a Hipercor, pero ahí la bestia ya estaba suelta.

Los terroristas islámicos juegan a eso, a sembrar el caos y el pánico en toda la población porque todos podemos ser su próxima víctima ¿Qué nos protege de que el próximo camión no entre en la Plaza del Obradoiro o que su próxima matanza no sea en las terrazas de la Plaza de España? ¿Acaso Niza es un destino más “urbano” que Coruña o Vigo? Esa es la cuestión, que no hay criterio predecible y por eso es imposible sentirse seguro.

Los cuerpos de seguridad hacen lo que pueden pero es muy difícil lucha contra unos tíos que no tienen reparo en morir con sus propios explosivos. Con los etarras sabías que pretendían salir vivos pero aquí el escenario es otro, y si un tipo no tiene inconveniente en volar por los aires o que lo acribillen a tiros, ya me dirán cómo lo frenas.

El camión de Niza, un arma difícil de controlar
En la antigua Roma un ciudadano del imperio podía ir tranquilamente por el mundo conocido sin más protección que la frase “Civis romanus sum”: “Soy ciudadano romano”. Esa protección se entendía como que poner una mano sobre esa persona desataría una venganza tan atroz, desproporcionada y virulenta del Imperio que nadie osaba tentar a la suerte. Quizá tengamos que plantearnos seriamente algo así, por duro que resulte para nuestras civilizadas mentes, y necesitemos una “disuasión” como la que mantuvo a raya los conflictos directos entre los antiguos bloques de la Guerra Fría.

Estamos en guerra, señores, y las víctimas no llevan uniforme. Los campos de batalla son nuestras calles y las armas no son cañones y tanques sino camiones y bombas. Hay que reaccionar aunque entiendo que es muy complicado encontrar un objetivo y un medio proporcional y adecuado. El problema es que ni siquiera estamos debatiendo eso, sino que nos perdemos discutiendo el sexo de los ángeles.

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