lunes, 16 de diciembre de 2013

El botón del pánico

Distintos lugares, distintas costumbres. Es lo que suele pasar, aunque cada vez menos a causa de la tele, el cine y en definitiva la globalización de las narices, que es el nombre políticamente correcto que damos a hacernos más americanos cada día y a comprar cosas producidas en China de forma masiva y criminal según nuestras normas laborales y de seguridad.

La semana pasada estuve en Canarias de vacaciones, de ahí la sequía de artículos. Cuando hay un parón en este blog suele ser que o estoy de viaje o estoy enfermo, pero no aviso normalmente porque siguiendo las recomendaciones de la Policía no es buena idea poner el cartel de “no hay nadie” cuando te marchas de viaje. Tampoco es que quede la casa vacía, pero bueno, mejor intentar evitar disgustos.

A lo que iba. Habrán visto en las noticias las inundaciones y temporales varios que hubo en las islas. Creo que fue el miércoles cuando nos vinieron a avisar al apartamento de que por favor no saliéramos de casa porque habían activado el “plan de emergencias” y en la radio alarmaban contra la que se nos venía encima.

Uno, gallego como el que más, no pudo menos que observar el cielo con la desconfianza que nos caracteriza cuando escuchamos que suenan las alarmas, que ahora saltan por un vulgar temporal de los normales. Calor, cielos encapotados pero con nubes finas y ni una gota de agua.

Pues vámonos a la capital, me dije, que aprovechamos que no hace día de playa para ir de visita cultural, a ver la casa de Cristóbal Colón y la catedral de Las Palmas. El viaje, sin incidencia alguna ni una gota de agua en todo el camino (40 kilómetros, que es lo que mide la isla de sur a norte, y otros 40, miren qué curioso, de norte a sur).

Llegamos a la capital y nos encontramos con que los edificios públicos, incluyendo los museos, y la Catedral, cerraban a la media hora, a las 12 de la mañana, por la activación el Plan de Emergencias, como nos informó una amabilísima señorita que atendía en la casa-Museo del descubridor de América. Ante mi cara de pasmo me preguntó que si me extrañaba a lo que le contesté “es que soy gallego”, y me dijo “entonces se estará usted cachondeando de nosotros”. “Pues ya que lo dice…”.

Del museo cerrado por la activación del Plan de Emergencias nos fuimos a la terraza de una cafetería situada en la principal avenida peatonal, llenísima de gente en manga corta y bermudas aprovechando el repentino festivo funcionarial mientras tomábamos un cafetito amparados por los 24º de temperatura. ¡Una emergencia terrible!

Por si las moscas, que uno a fin de cuentas es prudente, bajamos a comer otra vez al apartamento por si realmente la cosa empeoraba por la tarde como habían anunciado. Y empeoró. Llovió. Y nada más.

El problema de estas alertas-exageración es que es como el cuento de Pedro y el Lobo. Uno acaba por tomárselas a cachondeo y piensa que lo único que hacen es “por si acasos” que no sirven para otra cosa que para meter a la población en sus casas ante un día de lluvia… las primeras tres o cuatro veces. A la quinta sales a la calle aunque venga el Huracán Hortensia (¿lo recuerdan?) porque ahora a cualquier mariconada con nombre rimbombante como las “ciclogénesis explosivas” pretenden convertirla en noticia de portada y encerrarnos a todos bajo llave, y la gente se cansa de tanta tontería.

Lo malo es que llegará el día que haya una alerta de verdad y no nos la creeremos. El botón del pánico sólo ha de usarse ante las situaciones de pánico, hombre.

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