Es curioso que para fumar tengas que cumplir los 18 años pero que para echarte una escopeta al hombro y liarte a tiros por el monte te llegue con 14 años. “Tienes que ir acompañado de un adulto”, te razonan. Pues vale, entonces que te dejen fumar si estás con un colega de 18 años.

Aquí hay mucho que rascar. Por ley está prohibido el trabajo de menores, con la excepción de los espectáculos (lo cual no deja de ser de un cinismo extraordinario), pero es una ficción en ciertos lugares. Lo de ir a “muxir as vacas” desde muy pequeñito, igual que trabajar en el campo es un trabajo bastante más duro que muchos de los que se pueden hacer en otros ámbitos, y se hace sin mayores problemas.

No se me asusten, que no estoy pidiendo que se legalice el trabajo de los menores, ni que nos monten en España fábricas de zapatillas con críos de 10 años cosiendo. Lo que estoy intentando explicar es que con el tema de la mayoría de edad somos muy elásticos cuando nos conviene.
Cuando yo era pequeño (espero no meter a nadie en un lío con esta revelación) echaba una mano en el restaurante familiar haciendo recados. A los 13 o 14 años más o menos ayudaba ya con el uniforme de camarero (pantalón y zapatos negros, camisa blanca, pajarita…) y ponía vinos, fregaba… ese tipo de cosas que se hacen cuando empiezas en hostelería. Para mí no sólo no fue ningún trauma sino que lo pasé como un enano. A ciertas edades todo es un juego, y cuando estás en la edad del pavo lo de hacerte el mayor mola.
Obviamente tampoco es que estuviera en una fábrica de municiones o en una mina, aunque el trabajo en hostelería no es ningún chollo. La sensación de llegar a casa y que te hormigueen las piernas de cansancio la conocí muy pronto y creo que fue una de las grandes motivaciones que me hicieron estudiar una oposición. Y no me pasó nada malo, más bien al revés, aprendí lo que cuesta ganar un duro.

Y luego está el tema del sexo. Ahí nos sale el pasado moro que llevamos dentro y aumentamos la edad legal para echar un polvo a los 16 años. Eso sí, desde lo que hace poco era la más tierna infancia, ahora visten a las crías como putas. Ya sé que puede ser contradictorio el razonamiento, ya que por una parte parezco muy liberal con el tema de la edad y por otra muy carca con lo de la vestimenta, pero oigan, es que me parece absurda esa contradicción muy nuestra, que es lo que pretendo denunciar.
España es el país de las contradicciones. Salimos a la calle en manada a protestar por una sentencia que aplica nuestras propias leyes, pero nadie menciona que el código penal se ha endurecido para evitar que eso vuelva a suceder. Nos rasgamos las vestiduras cuando “un político” o un sindicato pide facturas falsas pero la pregunta de “¿quiere factura o se lo hago sin IVA?” es tan normal como preguntar de qué color quieres que te pinten la pared. Nos ponemos como hienas cuando la infanta se alquila a sí misma un inmueble pero no nos extraña que en la consulta del médico de cabecera nos hagan esperar porque está el “visitador médico” comprando la voluntad del doctor para recetarnos su producto… Y no estoy defendiendo al político chorizo ni a la infanta (que merece un día de estos un artículo propio) sino usándolos como ejemplo de lo que nos altera frente a comportamientos que consideramos normales.
Pues con esto pasa igual. O un tío de 15 años es mayor de edad o es menor de edad. Pero no puede entrar y salir de ese concepto cuando nos apetece. Y si es mayor de edad, que pueda votar, conducir, trabajar y salir de copas. Y si no lo es que no pueda hacer muchas cosas que hoy se permiten, como echarse una escopeta al hombro.
Lo de la mayoría de edad intermitente, como que no.
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