| Preciosa imagen del campo de Golf de Lugo, uno de los lugares favoritos de Rafael y Kiki |
La hostelería es un mundo duro, pero tiene grandísimas satisfacciones, y sin duda una de las más grandes es la gran cantidad de personas a las que tratas y, en muchos casos, llegas a conocer bastante bien. No me refiero a los datos biográficos de los clientes, sino a su carácter, a su forma de ser y de tratar a los demás “cuando nadie mira”. Ni se imaginan lo que aprende uno de las personas desde el otro lado de la bandeja. Hay quienes parecen encantadores “con los suyos” o “con sus iguales” pero que cuando se ven atendidos se transforman en unos déspotas maleducados… pero afortunadamente también abunda la buena gente.
Esto hace que en mayor o menor medida todos los que hemos tenido cierta relación con el tema hayamos desarrollado favoritismos, es imposible no hacerlo. Había clientes a los que era difícil aguantar y otros que te conquistaban con su sonrisa, su amabilidad y su personalidad.
Entre estos últimos guardo recuerdos particularmente gratos de Patiño, de Don Alfonso Bao (el de Gráficas Bao)… y de la familia Serrano. Veo en la prensa que el miércoles falleció Don Rafael Serrano, el patriarca del clan, un desenlace que ya me temía porque hace pocos días me encontré a su hija Luisa y ya me dijo que estaba bastante fastidiado.
Rafael Serrano y Kiki, su mujer (que también nos dejó hace poco más de un año) eran gente de la que te hace creer que la humanidad tiene una oportunidad de ser mejor. Su elegancia no impostada, su sentido del humor y su trato a quienes les atendíamos hacía que cada vez que entraban por la puerta del Verruga a todos se nos pusiera una sonrisa en la cara.
La pasión por Lugo de Rafael y Kiki es algo que también nos unía. La suya es una de esas historias que dan valor a una ciudad: ambos eran de Albacete y vinieron a Lugo porque al Señor Serrano, que era aparejador en Hacienda, lo destinaron a la delegación de la ciudad. Imagino que de aquella, en los años 60, la idea que tenían de Lugo era la de un destierro al quinto pino, y más de una vez nos contaron que su intención era marcharse de aquí en cuanto laboralmente hubiera una oportunidad.
Sin embargo, la ciudad los enamoró y se quedaron el resto de sus vidas, poniendo aquí los pilares de una familia maravillosa con sus hijas Marta, Luisa y Cristina, y entrando a formar parte de la nómina de lucenses que aportaron mucho a nuestra urbe.
Rafael tuvo mucho que ver en el desarrollo de la ciudad hacia la Aceña de Olga, donde estableció su residencia siendo uno de los primeros habitantes que vieron el potencial de lo que hasta entonces eran simplemente unos campos.
También fue uno de los directores de obra del Gran Hotel Lugo, junto a Tomás Notario, y formó parte de su consejo de administración durante muchos años. De hecho, les ofreció a mis padres hacerse cargo del restaurante del proyecto, que entonces fue para Lugo una revolución porque hablamos de un monstruo de 167 habitaciones, discoteca, salones, cafetería e incluso bingo durante una etapa, en una ciudad donde, salvo el Méndez Núñez, no había grandes referencias en ese campo. Afortunadamente mis padres declinaron el ofrecimiento porque su objetivo nunca fue hacerse ricos sino vivir bien, que son dos cosas muy diferentes.
Pero a lo que íbamos. Rafael y Kiki eran dos personas de carácter, pero jamás confundieron eso con la grosería o la mala educación. Al revés, eran la simpatía personificada, con un sentido del humor extraordinario y un cariño por la que se convirtió en su tierra fuera de toda prueba. Siempre fueron personas muy discretas, y de hecho no he encontrado ninguna foto suya con la que ilustrar este artículo, por eso he puesto una preciosa imagen del campo de Golf de Lugo, ya que eran muy aficionados, tanto Rafael como Kiki, y de hecho era habitual que quedasen entre los primeros puestos de las competiciones lucenses.
Trasladaron a sus hijas sus grandes virtudes, y por muchos años que pasen no creo que olvide nunca a la familia Serrano como destacados miembros del club de “clientes favoritos”, esos a los que te encanta atender porque te sientes como en casa.
Mi más sentido pésame.
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