miércoles, 5 de agosto de 2026

Reflexiones por un contenedor

Ayer algún simpático quemó una caja de perchas dañando un contenedor.

 ¿Qué clase de persona le prende fuego a una caja llena de perchas junto a un contenedor? Vamos a ser generosos y a pensar que no fue una cuestión intencionada, sino un descuido. Cambio entonces la pregunta: ¿qué clase de persona tira un cigarro encendido a una caja de perchas junto a un contenedor?

Nuestra sociedad es cada vez más egoísta y se preocupa menos por el conjunto. Más allá de golpes en el pecho y solidaridad de pancarta, se nota a la legua que el común de los seres humanos no “salió mejor” de la Pandemia sino que, justo al contrario, aprendió que la vida es frágil, y la conclusión no fue “pues tenemos que ayudarnos unos a otros” sino “muerto yo, muerto el mundo, que les den a todos”.

Somos una especie que, en general, damos asco. Nuestro paso por el mundo es destructivo y dañino. Hemos machacado hasta la extinción a especies y superpoblamos un planeta que difícilmente va a poder soportar este ritmo durante mucho tiempo.

A la Tierra no le va a pasar nada. Es una roca que gira por un espacio indiferente. Somos nosotros, junto a las demás especies vivas, las que pagaremos nuestros pecados más pronto que tarde.

Pretender solucionar esto con medidas locales es del género tonto. Poner muchos filtros legales a las fábricas en Europa mientras compramos al por mayor a China, cuya mierda acaba en los mares que todos compartimos, es retrasar lo inevitable: el colapso ecológico del planeta.

Lo que nos define como personas es lo que hacemos cuando creemos que nadie nos mira. Si dejamos el carro en el supermercado en el sitio destinado para ello o de cualquier forma en un pasillo; si recogemos la caca del perro cuando paseamos por la noche por donde no hay nadie por la calle…

Todos tenemos un componente de egoísmo y de maldad, pero la civilización se supone que debería consistir, entre otras cosas, en reprimir esos aspectos en favor de la convivencia y el entendimiento. No suele ser así.

“¿Y todo esto te viene a la cabeza porque un imbécil prendió una caja de perchas?”, preguntará el avispado lector. Pues sí, la respuesta es precisamente que sí, porque es un símbolo de la desidia o de la maldad del ser humano.

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