
Tengo que decir que me sorprendió una vez más ver la gran organización de la ciudad del Lérez por varios motivos. El primero es lo que les decía, que la ciudad sufre una transformación realmente impresionante. El segundo es ver cómo se organizan los mercados, y lo digo en plural porque, al menos que yo viera, hay por lo menos cuatro: uno de productos de época, otro de venta de comida, un tercero de restaurantes y el cuarto de “tiendas varias” de otro tipo donde había artesanía, un poco separada de puestos de productos incompatibles con el período recreado.

El tercer motivo por el que me quedé totalmente impresionado con la organización es que el domingo por la mañana a las 10:30 no quedaba ni rastro de la fiesta. Ni puestos, ni tela de saco, ni una brizna de paja en el suelo… nada de nada. El único testimonio de la fiesta era algún trasnochador que iba de retirada y dos dragones de colores que estaban en la plaza principal y que, por cierto, hasta podrían quedar allí todo el año por lo bien hechos que estaban. Un servicio de limpieza ya no eficiente, sino brillante, y una organización casi militar a la hora de recoger los puestos y hacer desaparecer cualquier señal de la Feira Franca.

Es una fiesta muy bonita, que los que vamos de visita disfrutamos pero que los pontevedreses disfrutan mucho más. Se permite a los particulares poner carpas y mesas en la calle, frente a sus casas, para hacer comidas familiares, y los locales de hostelería instalan barras en el exterior y ponen mesas y sillas adicionales con permiso municipal. Es diferente que lo que pasa en Lugo, donde a los propios se les va con el metro a ver si se pasan un palmo, lo que no se permite ni siquiera pagando, y a los de fuera se les autoriza la instalación de enormes restaurantes móviles en medio de las plazas.

Si no han ido, apunten la cita para el año que viene. Merece la pena.
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