jueves, 11 de junio de 2020

Ni héroes ni villanos



Vivimos una época extraña. Antes se nos vendía un elemental maniqueísmo de “buenos y malos”. En las películas (que, nos guste o no son el mayor reflejo cultural de nuestra sociedad) se diferenciaba claramente a los unos de los otros, pero el público entendía que era una exageración y que la realidad es diferente, y ni los héroes lo son a jornada completa ni los villanos ejercen como tales de lunes a domingo. Sin embargo ahora estamos en una situación inversa. Hasta el Joker es malo “pero no tanto porque es comprensible su maldad” y en cambio en el mundo real la gente solo ve iconos absolutos para bien o para mal.

El Rey Juan Carlos, Amancio Ortega, incluso Fernando Simón… todos ellos comparten tanto defensores a ultranza que no admiten que se les haga la menor crítica como detractores encarnizados que no ven nada bueno en sus trayectorias. Es algo terrible, entender la vida como una película de los años 50 en que el malo se mesa la barba mientras ríe alocadamente en previsión de su fatídico plan (que, por cierto, siempre le cuenta al bueno no sabemos por qué motivo, y acaba metiendo la pata). Así no vamos a ninguna parte.

Nos encantan las cosas planas: simplifican la vida y ayudan a situarse. El problema es que no son ciertas. Nadie es completamente bueno ni completamente malo. Hasta Hitler, el ejemplo de cabecera que para mí representa al mal absoluto, tenía un amor a los animales que le llevó a aprobar pioneras leyes en defensa de éstos, normas que hoy representan el no va más de la civilización. Lo que son las cosas.

Nuestra naturaleza humana nos hace contradictorios. Hasta en temas en que supuestamente estamos convencidos presentamos comportamientos ilógicos. Vemos a grupos que hace unas semanas se manifestaban contra el Gobierno por falta de libertad (una libertad que estaban ejerciendo en ese momento, dicho sea de paso), concentrándose denunciando que se autorizaron concentraciones como el 8M que, según ellos, difundieron el coronavirus enormemente, ¿no son contradicciones? Por otra parte los que criticaban a esos concentrados porque ponían en riesgo la salud de todos (de hecho estaban deseando que se contagiaran “para que aprendan” y difundieron noticias falsas sobre repuntes causados por esas manifestaciones porque les habría encantado) aplauden con las orejas las que se hicieron antes y las que se hacen ahora contra el racismo…

Nadie parece tomar en consideración los hechos sino la ideología que está detrás. Si usted quiere creer que el 8M fue un disparate porque el Gobierno tenía información sobre lo contagioso de la enfermedad y el peligro que suponía me parece lógico, pero entonces no se reúna en masa y sin mascarilla con otra gente para protestar haciendo exactamente lo mismo que critican. Si, por el contrario, piensa usted que no hay tanto peligro (sí, hay quien lo piensa) y que es un riesgo aceptable reunirse para denunciar el asesinato de un señor en la otra punta del planeta (ignorando las decenas de miles de aquí, en las que no ve usted responsabilidad alguna) no se queje de que los otros se manifiesten. Vamos, que seamos coherentes unos y otros. Y ya si intentamos ver el punto de vista ajeno y evitar el “no tienen nada de razón en nada” ni les cuento lo bien que nos iría.

Personalmente todo esto me da una pena terrible. Ese rollo de que vamos a salir mejores de todo esto me parece que es un eslogan tan falso como casi todos los eslóganes. Esta crisis ha sido un crisol en que hemos quemado cosas, sí, pero no las malas sino las buenas, los pocos resquicios de decencia que nos quedaban como sociedad, y hemos salido más egoístas, más polarizados, menos empáticos y menos comprensivos que nunca. Nos estamos convirtiendo en lo que jamás debimos ser: extremistas, radicales… entrando en un peligroso juego en que un detonante puede llevarnos a revivir lo peor de nuestra Historia.

La política actual lo envenena todo y nos está transformando en seres de pensamiento único. Todo lo que dice El Partido es bueno, y todo lo que dicen los demás es malo. Según quién gobierne en un sitio u otro se califican los mismos hechos de forma contraria, porque lo único que importa es trasladar un mensaje monolítico de “nosotros o ellos”.

La cuestión es ¿cómo cambiamos esto? ¿Quién ha de dar el primer paso, la esfera política o la social? Pues siempre pensé que seríamos los segundos, los de la calle, pero visto que a día de hoy la mayor parte de las organizaciones civiles están compradas, apesebradas por la subvención y el dinero público que usan de forma opaca, me temo que aunque sería el camino correcto va a ser muy difícil que se emprenda esa senda. Tampoco podemos esperar que la política sucia y rastrera de hoy le dé la vuelta a la situación.

¿Qué nos queda entonces? ¿Confiar en la prensa, que también está alimentada de dinero público y que, salvo honrosas excepciones, apoya a quien le paga las facturas y no a la Verdad a la que juraron lealtad? Difícil.

Sí, es posible que hoy la cosa sea muy negativa, pero es lo que veo, qué quieren que le haga. Quizás entre todos deberíamos empezar a cambiar las cosas en nuestra propia esfera, evitando creernos discursos unilaterales y que no admiten fisura. Tal vez así poco a poco vayamos cambiando las cosas, pero francamente, lo veo difícil.


1 comentario:

  1. Na novela 1984 de Orwell, o protagonista (Winston Smith) tamén di que "Se queda algunha esperanza, está nos proles" igual que vostede hoxe.
    Aquilo rematou mal.

    Se cadra é mellor perder a esperanza porque así tamén perderemos o medo; e cambiar as cousas de vez, non pouco a pouco.

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