jueves, 24 de octubre de 2019

Estoy harto de oír hablar de Franco

La normalidad de un país democrático no es compatible con tener a un dictador en un monumento nacional
Hoy a las 10:30 horas levantarán a Franco de su tumba.

A mí, personalmente, me parece muy bien que lo saquen del Valle de los Caídos, donde no pinta nada y donde ni siquiera él mismo dejó instrucción alguna de ser enterrado. La familia tiene su panteón en Mingorrubio, en El Pardo, y allí está enterrada Carmen Polo así que tiene toda la lógica del mundo que sus restos vayan a acompañar a los de su mujer.

La tontería de la familia de llevar los restos a la Catedral de la Almudena no me parece que sea un razonamiento, sino una cabezonada nacida más del interés en dar la nota y crear polémica para presionar en otras cosas. Si yo fuera el hijo o el nieto me parecería que lo lógico es que el matrimonio esté enterrado junto. Es similar a la carallada (este país se cachondea de todo) de la recogida de firmas para enterrarlo en la Sagrada Familia, una petición que acumula ya unas 200.000 firmas y que yo mismo secundaría si no fuera porque estoy seguro de que alguien se lo puede tomar en serio.

Sacar a Franco del Valle de los Caídos es un ejercicio de normalidad democrática. Quizá no sea el momento porque hay otros temas sobre la mesa, pero siempre los habrá así que es tan bueno como cualquier otro, y persistir con terquedad en esa argumentación o en la de “no reabrir heridas” suena sospechosamente parecido a defender la dictadura.

Escuchar al nieto de Franco en la televisión diciendo cosas como que una ministra del Gobierno de España “cuando habla rebuzna” me hace hervir la sangre, como cuando el tal Francis Franco dice que “siempre digo lo que pienso”. Pues mire, señor mío, cuando su abuelito tenía España bajo su bota por ese motivo se asesinó a gente, así que agradezca que las cosas han cambiado y que el Gobierno ya no puede hacer eso.

Pero no olvidemos que la familia está operando con una estrategia a largo plazo y que aquí hay mucho más detrás. Mucho dinero, muchos bienes y muchos privilegios a mantener. El Pazo de Meirás y las esculturas del Pórtico de la Gloria son la punta del iceberg, la más visible y quizás la más simbólica, pero solo una parte del total, y la estrategia de los herederos de Franco es hábil: convertirse en víctimas de una persecución para que alguien acabe por decir “bueno, ya les hemos dado bastante la lata, pobrecitos”. Y hasta colará, porque este país es sorprendentemente indulgente con quien lo putea, al tiempo que despiadadamente cruel con quien quiere ayudarlo.

El día que esta lápida nos resulte indiferente tendremos mucho ganado.
Una vez dicho todo esto, es vergonzosa la manipulación de la historia que algunos pretenden hacer. Y no, no me refiero a los que justifican el régimen franquista (que también) sino a los que pretenden esconder su apoyo expreso y sin fisuras a la dictadura pero que ahora parece que vivieron cuarenta años en las alcantarillas. Ver, por ejemplo, cómo los que hace unas décadas hacían la pelota al dictador para lograr ventajas (lo de las tres condecoraciones del F.C. Barcelona a Franco es un ejemplo bastante lo significativo como para no tener que insistir en el tema) ahora se afanan en disimular su pasado. Me recuerda a la magnífica película “Uno, Dos, Tres” (de Billy Wilder) en que, en plena posguerra, un alemán se hacía el tonto y preguntaba “¿Adolf?, ¿qué Adolf?”… Wilder reflejó hace casi sesenta años la realidad española de hoy. 

Ahora resulta que todo el mundo era contrario a Franco… Los que le regalaban joyas, cuadros, propiedades, honores y demás ahora gritan que se lo robaron, que les obligaron o que si estaban en masa con el brazo en alto es porque la Guardia Civil les apuntaba con una bayoneta. Es intolerable que nos tomen por gilipollas a todos y lo único que hacen es recordarnos aquellos apoyos de los que hoy se avergüenzan, y creo que no tienen más motivo para ello que equivocar el enfoque.

Personalmente veo el tema muy claro: ¿se podía ser franquista en los años 50 o 60 y aún así ser buena persona? Sí, sin duda. Cuando naces y vives en un determinado ambiente te ves condicionado por todo y el mundo de hoy no es el de entonces. Lo que me resulta incompatible con ser buena persona es ser franquista hoy día, porque todos tenemos que entender que el mundo es otro y cosas en las que antes no se pensaban (la libertad personal, fundamentalmente) hay que darlas por sentado.

Cada uno es esclavo de su época y hay que asumirlo. Alan Turing (a quien debemos el descifrado de Enigma y que fue el precursor de la informática moderna) vivía en la democrática y antifascistas Inglaterra y fue condenado por homosexual en 1952, muriendo no se sabe bien si por suicidio o asesinado. Hasta la Ley de Derechos Civiles de 1964 en los Estados Unidos era perfectamente legal y totalmente normal la segregación racial en escuelas, centros de trabajo e incluso lugares públicos (asientos para negros en el autobús, bancos para negros en los parques…). En junio de 1968 la siempre moderna y liberal Francia amnistiaba a cincuenta presos de extrema derecha condenados por asesinato para formar “grupos de acción ciudadana”, tres días después de ilegalizar a doce organizaciones izquierdistas y prohibir las manifestaciones tras los sucesos de Mayo de ese año… Todo esto no es justificar nada, solo faltaría, y únicamente nos sirve recordar que no podemos observar el pasado con el mismo baremo que usamos hoy día.

Las leyes han evolucionado. La humanidad ha pasado de ver con relativa normalidad el asesinato de alguien por la mera voluntad de un emperador a asumir como lógica e inexcusable la abolición de la pena de muerte y la creación del Estado de Derecho. Dentro de muchos años nos condenarán a nosotros por los pecados que estamos consintiendo. De algunos somos plenamente conscientes y culpables (la guerra, el hambre, la contaminación…) pero otros seguro que ni se nos han pasado por la cabeza. Esperemos que el futuro sea más indulgente con nosotros de lo que nosotros somos con nuestro pasado.

Sí, soy consciente de una aparente contradicción: ¿entonces condenamos el pasado y movemos a Franco o comprendemos su época y lo dejamos ahí? Pues verán, creo que la pregunta está mal hecha, porque lo uno no tiene que ver con lo otro.

Franco era un dictador y como tal no es normal en un país civilizado tenerlo en una basílica que es un monumento nacional. Que se lo lleven al cementerio familiar, donde debe estar, y que nos dejen tranquilos de una puñetera vez. Y a ver si acabamos con este tema de una vez para siempre, que llevamos más tiempo hablando de Franco desde su muerte que el que se mantuvo la Dictadura.

No veo a los alemanes llamándose nazis unos a otros, ni a los franceses gritándose que son herederos de la dictadura de Napoleón. Necesitamos llegar a un momento en que la lápida de Franco nos resulte indiferente porque es de chiste que condicione todavía el discurso político de este país.

2 comentarios:

  1. Tienes toda la razón...lo que falla, como siempre, son las formas y el uso político que se le da a todo esto.

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