miércoles, 18 de septiembre de 2013

Los caminos de la democracia

Uno de los más clásicos debates de este país sobre los partidos políticos es el de las listas abiertas y las elecciones primarias, que ha reabierto Esperanza Aguirre (quién si no) y, localmente, puesto sobre el tapete La Voz de Galicia a raíz de un comentario (totalmente inocente) de Luis Lamas sobre el artículo de “la lideresa”.

Parece que las primarias sean la panacea de la democracia y la transparencia y que con conseguir esas dos cosas ya están solucionados los problemas políticos por los siglos de los siglos, amén. Nada más lejos.

A veces confundimos el camino con la meta, y esta es una de esas ocasiones. Que existan elecciones primarias no significa necesariamente que haya más democracia interna en un partido político, ni siquiera que la gente participe más. Eso es otra guerra, la de las actitudes, los miedos, la pereza, el valor y la ambición (tanto en su vertiente de sana como de maligna).

Les voy a poner un ejemplo. No hay elecciones primarias más conocidas que las de los candidatos a presidente de los Estados Unidos. Pues bien, esas elecciones tan transparentes y democráticas no son por voto directo de los afiliados, sino mediante delegados, que en España se llaman “compromisarios”, que no están sujetos a mandato imperativo. Es decir, que un delegado puede haber sido elegido haciendo campaña por un candidato y en el congreso cambiar de idea y votar por otro.

La democracia interna de los partidos en España es más real de lo que la mayoría piensa, aunque menos de lo que debería ser. No es tanto el mecanismo en sí, el tema formal, como el de las actitudes de los propios afiliados, a los que les cuesta mucho trabajo dar un paso adelante y presentarse para cualquier cosa. Quizás sea porque tengan miedo de pisar el callo a “don Fulano” o simplemente porque no se ven con capacidad, pero no lo hacen.

Si mañana los partidos asumieran el sistema de primarias en general, no crean que las cosas iban a cambiar automáticamente porque sí. Es más una cuestión de cultura democrática que otra cosa.

Lo mismo ocurre con el tema de las listas abiertas. En el Senado hay listas abiertas y los resultados son parejos al Congreso. Tampoco son la gran cosa, y menos si seguimos manteniendo la circunscripción provincial. 

Yo soy partidario del sistema británico, con pequeñas circunscripciones unipersonales. Cada zona elige a un candidato para representarla, lo que aumenta muchísimo el control del público sobre su portavoz y le permite a éste la gran baza de la política inglesa: librarse de la disciplina de partido si conviene a los intereses de sus electores.

Normalmente en Gran Bretaña una persona se presenta a una circunscripción por un partido, pero no tiene por qué ser así, y ni siquiera tiene que estar de acuerdo con todo lo que dice ese partido, simplemente es una cuestión de tendencias… y no pasa nada.

Puede parecer a ratos que esto es un canto contra las primarias o las listas abiertas, nada más lejos. Estoy absoluta, clara y radicalmente a favor de que existan, sólo que pienso que no son una solución, sino el camino de una solución, que no es lo mismo.

Mientras los afiliados de los partidos, los socios de las asociaciones, los miembros de la comunidad de vecinos, o cualquier persona que pertenezca a un colectivo, no tenga la libertad de hablar con claridad, la posibilidad real de dar su opinión sin miedo a represalias de ningún tipo, o de presentarse a los cargos que le dé la gana, la democracia es un espejismo, un negocio de grandes números manejado por expertos en marketing.

Eso se tiene que acabar.

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