
Hay una saga de estas que ahora proliferan tanto que se llama "los juegos del hambre". No me digan que no es para hacer pensar. No va sobre juegos olímpicos ni nada que se le parezca pero tiene en común que una sociedad en que muchos de sus miembros sobreviven rapiñando lo que pueden incluso entre la basura, dejan todo de lado para ver un evento de talla mundial que derrocha lujo y recursos. A mí me recuerda a algo.

Les hablaba el otro día del legado de las exposiciones de Sevilla, la del 29 y la del 92. Son dos modelos opuestos que en España se dan tan a menudo que si en vez de un país fuera una persona el diagnóstico de bipolaridad sería obvio. Quizás nos hayamos salvado de un problemón nacional como la copa de un pino porque si no hay dinero para tantas y tantas cosas que provocan los consabidos recortes, dudo que ponerse a construir estadios sea una opción muy inteligente.
Pero eso es lo que hacemos. No quizás a nivel olímpico, pero el Real Madrid acaba de fichar a un tal Bale por una fortuna sólo accesible para grandes entes que normalmente no tienen al día sus obligaciones con Hacienda. “Es que genera mucho dinero”, nos dicen, pero no sé yo. La bolsa generaba mucho dinero hasta que se pegó un batacazo de libro el famoso Jueves Negro, llevando a la ruina y el suicidio a más de uno y de dos.
No se trata de que a mí no me vuelva loco el deporte, que tampoco, sino de que si propusieran pagar con nuestro dinero el mandar una nave al espacio por aquello del prestigio internacional y la investigación científica, tampoco creo que fuera el momento.
Pero bueno, ya no tiene arreglo. Tokio 2020 es la cita para dentro de siete años. Esperemos que arreglen sus problemillas no sea que las medallas brillen más de la cuenta.
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