| La foto es de Julio del año pasado, no de estos días. Foto: La Voz de Galicia |
Uno nota el paso de los años cuando empieza a decir “cuando yo era pequeño”… y se da cuenta de que ha pasado más tiempo entre eso y la actualidad que entre la época recordada y, por ejemplo, la II Guerra Mundial.
Mi “cuando yo era pequeño” son los años 80. Nací en el 75 así que mis recuerdos claros comienzan a finales de esa década o principios de la siguiente, una época movidita en muchos sentidos pero que se me antoja como bastante estable en lo climatológico.
Hacía mucho más frío en Lugo que ahora. No eran raras las nevadas y recuerdo despertarme por la mañana y ver carámbanos de hielo en el exterior de la ventana de mi habitación, que nunca he vuelto a ver en la capital. También los veranos los recuerdo más largos (eso es normal, cuando eres pequeño el tiempo es eterno) y mucho más calurosos. No he mirado las tablas de temperaturas ni de humedad, porque no les hablo de datos sino de recuerdos y sensaciones.
Tengo memoria de ir al cole pisando nieve, parando por el camino a jugar con los amigos con los que compartíamos el recorrido hasta la Aneja, y de pasarlo de fábula en el patio con guerras de bolas. De aquella cuando había una de estas cosas no se suspendían las clases e incluso íbamos andando desde casa, sin que nadie nos llevase a la puerta en coche como si fuéramos Gremlins que no se pueden mojar.
En verano el calor era achicharrante. Sudábamos viendo a mediodía Falcon Crest esperando a que mis padres salieran de trabajar en el bar y nos íbamos a la aldea, donde había piscina. La hierba seca, los pinos crujiendo… son esas cosas que se te quedan y no se van.
Por eso cuando ahora nos quejamos de la mucha lluvia que está cayendo no es que no sea cierto, es que ya no estamos acostumbrados. Han pasado varios años con inviernos que parecían relativamente suaves, con frío (tampoco demasiado a lo que era esto) y agua moderada y claro, ya no recordamos estas trombas continuadas.
Teniendo perro es peor. Salir a los obligados paseos con Spock es una faena cuando sabes que te vas a calar hasta los huesos y que a la vuelta te toca pasarle la toalla a él (que le encanta) y cambiarte de ropa de arriba abajo, pero es lo que hay.
Galicia es lo que es gracias a la lluvia y al agua, así que podemos quejarnos del clima, claro que sí, pero sin pasarse porque es lo que nos hace ser nosotros para bien y para mal.