Los humanos buscamos culpables, explicaciones, responsables. Nos gusta que todo tenga un motivo porque nos hace pensar que la fatalidad no existe y que todos los males son evitables con medidas de seguridad, trenes nuevos y vías recién estrenadas. No es cierto. Podemos reducir el riesgo, por supuesto, y a nadie se le ocurre pensar que una estructura sin mantenimiento tenga la misma seguridad que una revisada, pero no olvidemos que cualquier día nos puede pasar algo de esto. No olvidemos que el que probablemente es el accidente más famoso de la historia, el hundimiento del Titanic, ocurrió, literalmente, en el viaje inaugural del crucero.
El equilibrio que hay que buscar entre la asunción de la posible fatalidad y la normalidad del día a día probablemente es lo más complicado de hacerse mayor. Cuando eres joven no piensas que pueda pasar nada malo porque eso sólo les ocurre “a los viejos”. Luego vas comprobando que no, que esto le pasa a cualquiera y, aunque, como decía mi abuelo, “jóvenes mueren algunos, pero viejos no queda ni el primero” en casos como el que nos ocupa no hay una gran distinción de edades.
Pero pobre consuelo es para las familias de las personas que se dirigían a Madrid en tren y que nunca llegaron. No me imagino el mazazo que supone.
Veremos estos días a los buitres que intentarán sacar provecho de la desgracia. Echándose las culpas unos a otros, sin más prueba que su interés personal y sin esperar a que los ingenieros y los técnicos nos expliquen qué pudo pasar en un lugar recién revisado y con un tren con menos de cuatro años de antigüedad como dijo el ministro del ramo.
Hoy toca estar del lado de quienes han perdido a alguien o de los supervivientes que tendrán que superar el trauma y las posibles secuelas. Toca pensar en ellos y, si hace falta, donar sangre o lo que haga falta para ayudar. Ya habrá tiempo para lo otro.
Lo único positivo de todo esto es la reacción de la gente. Los vecinos de Adamuz salieron corriendo al lugar del siniestro para ayudar en lo que pudieran. Algunos alojaron a afectados en sus casas, otros corrieron a los hospitales a donar sangre. Las personas que estaban en urgencias y que no se veían muy graves se marcharon a su casa cuando llegaron los primeros heridos, e incluso gente que estaba ingresada pidió el alta voluntaria para dejar camas libres.
España tiene muchos defectos, pero en estas ocasiones sale a relucir lo mejor de nosotros.
Por lo demás, en lo poco que puedan valer desde esta distancia, mis condolencias.
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