viernes, 2 de octubre de 2026

Miguel Fernández y el Lugo a 10 años

Foto de familia del acto de ayer en la Milagrosa. Foto de El Progreso

Ayer por la tarde salí de paseo con Spock, nuestro cruce de labrador y cabra loca, y enfilé por Camiño Real callejeando por esa zona y desembocando en la Plaza de la Milagrosa. Había una enorme pantalla y escuchaba a alguien hablar, pero no sabía de qué iba el tema hasta que rodeé el tema y vi a Miguel Fernández, candidato a la Alcaldía de Lugo, explicando a los asistentes, unas 150 personas, sus planes para el Lugo de los próximos 10 años.

Veo hoy la prensa que al evento se invitó a asociaciones y entidades de los barrios. Supongo que la invitación a Lugo Monumental, la asociación que tengo el honor de presidir, se debió perder en el correo, pero para compensar tenían a Jesús Vázquez entregado a la causa, que las ayudas hay que justificarlas documentalmente, pero también aplaudiendo calurosamente a quien firma los talones.

Supongo que ese olvido se compensará en la ronda de contactos y diálogo con los barrios y los colectivos locales que anunció, pero vayan ustedes a saber. Desde luego, desde la asociación jamás hemos dicho que no a una reunión con nadie y hay un acuerdo de la asamblea para aceptar todas las convocatorias que se nos hagan, por lo que nos hemos sentado tanto con VOX como con Unidas Podemos, pasando por todo lo del medio, para compartir nuestros puntos de vista.

Miguel tiene razón en muchas cosas (como todo el mundo) pero me gustaría destacar una que dijo ayer: el diálogo es fundamental, y pensar las acciones también. Dijo ayer que “Non queremos unha cidade construída a golpe de ocorrencia. Queremos decidir con datos, con estudos e falando coa veciñanza”. Es fantástico que haya reflexionado de esa manera y no puedo estar más de acuerdo con él. No sé qué le parecería a Lara Méndez escuchar eso en su asiento de primera fila, porque es justo lo contrario de lo que hizo ella con tantas y tantas cosas de las que se suele poner como ejemplo sus tres mayores fracasos: las mal llamadas Caldas, el carril bici o la reforma del casco histórico, un disparate que todavía estamos pagando (y lo que nos queda) en losas rotas y tropezones.

Aprovecho que hablo de Miguel para afear un tema que sus detractores sacaron a la palestra cuando habló de sus propuestas para 10 años en Lugo: la edad. Me parece inconcebible que alguien se meta con él por eso. Me recuerda a las críticas que Beiras hacía de Fraga y de la “gerontocracia”, algo que pagó en las urnas porque en Galicia a los mayores se les respeta (al menos habitualmente se hacía).

Caer en la misma burla no sólo es reírse de una característica, los años cumplidos, que ojalá todos podamos llegar a celebrar (y muchos más a poder ser) con la misma salud que tiene Miguel, es que además es un error estratégico porque, insisto, nuestra cultura más arraigada contiene un respeto a los mayores que no es opcional.

El sosiego que da la edad, la sabiduría que aporta la experiencia, el bagaje de los años, no son algo que menospreciar sino todo lo contrario. La persona más inteligente que conozco, que es mi madre, le lleva a Miguel cinco años y ya nos gustaría tenerla en un puesto de mando en Lugo. La ciudad sería infinitamente mejor.

Miguel es una persona habitualmente calmada, que en condiciones normales es respetuoso y que suele responder civilizadamente a todo. Eso lo da el carácter, pero los años ayudan y criticar eso es una bobada como un castillo.

Si esas burlas vienen de personas del PP me parecen todavía peor, porque ni siquiera son sinceras, o al menos ellos mismos defendían lo contrario en la época de Fraga, y con razón. Me revienta que se cambie de opinión según conviene sobre cuestiones idénticas.

Un respeto, por favor.

jueves, 1 de octubre de 2026

Historia de un desahucio

A la izquierda pueden ver una foto del contrato de cómo se entregó una habitación y a la derecha cómo la devolvieron (sí, es la misma). Observen que hasta pintaron el suelo de madera y que a una casa que jamás tuvo humedades le aparecieron... prefiero no saber cómo.

Hoy les voy a contar la historia de un alquiler que acabó en desahucio. Nosotros fuimos “los malos”, los caseros sin corazón que echaron al inquilino de su propiedad.

Verán, mis abuelos construyeron, trabajando, una preciosa casa en Miño para ir en verano. De aquella, antes de la A8, era una de las playas más populares para los lucenses porque se llegaba antes allí que a la costa de Lugo. Cuando fallecieron quedó para sus hijas que, como veían que compartir su uso iba a ser un problema, decidieron ponerla en alquiler.

Hubo dos inquilinos. El primero era “perfecto”: funcionario de alto nivel, recién casado, con un bebé, iba a vivir allí con sus padres. Todo precioso. Se firmó el contrato y se hizo un seguro de impagos por si las moscas, al que la compañía puso una alfombra roja por las características del inquilino. Pasaron los meses y todo iba de fábula. La renta se ingresaba puntualmente en el banco y no tuvimos noticia de ningún problema.

Paseando un día por Coruña me encontré con un conocido de una casa vecina y nos paramos a hablar, y en la conversación me dijo: “¡qué pena que hayáis vendido la casa!, con lo buenos vecinos que siempre fuisteis”. Le respondí que no la habían vendido, que estaba alquilada, y me miró raro. “¿Pero tú sabes lo que tenéis allí?... ¡Una casa de putas!” (conservo la literalidad que registró mi memoria).

Primero pensé que se refería a que eran vecinos ruidosos o molestos, pero me aclaró que no, que literalmente me estaba diciendo que había un lupanar en la casa. Reconozco que pensé mal de la persona que me lo dijo, porque la mujer del que firmó el contrato era extranjera y me lo debió de notar en la cara porque también me especificó que no se refería a eso sino a que había prostitutas en la casa. Quise seguir dudando (me costó mucho aceptarlo) y le dije que si querían llevar chicas a la casa no era cosa nuestra. “No, Luis, no, no van de visita, trabajan allí”.

La realidad se impuso. Nos enteramos de que no sólo nos montó un prostíbulo en la casa de mis abuelos, sino que además convirtió el garaje en un apartamento totalmente ilegal, así que nos pusimos en marcha: le enviamos una comunicación diciéndole que o legalizaba esas obras (lo que dudábamos viable por las características del “apartamento”) o tenía de dejarlo como estaba… y que no podía ejercer actividades económicas en la casa y mucho menos ilegales.

Su respuesta fue dejar de pagar la renta, con lo que se activó el seguro y la compañía se encargó de ir al juzgado y pedir el desahucio, que se logró unos meses más tarde. Con bastante celeridad, he de decir, pero es que el caso era bastante obvio visto lo visto.

Cuando entramos en la casa el panorama era para echarse a llorar. Los suelos de madera pintados de oscuro, muebles destrozados, las paredes con humedades en una casa que jamás las tuvo (ni siquiera pasando los inviernos cerrada, no quiero ni imaginar cómo pudieron salir), las habitaciones con cerradura y numeradas, la cocina con carteles en las puertas pegados... Costó un trabajo tremendo devolver la casa a su estado y obviamente la indemnización del seguro no llegó para cubrir los gastos.

¿De verdad creen que generalizar “ni un desahucio más” es razonable? Si en vez de ser un funcionario de alto nivel (y para mayor fantasía relacionado con la seguridad) el inquilino fuera una persona mayor e hiciera exactamente lo mismo ¿nos veríamos con un problema añadido? No tengo la menor duda.

La casa, como es natural, se vendió. La vida ya tiene bastantes problemas como para buscarte otros nuevos pero ya ven, un inmueble menos en alquiler, como los miles que estos dos últimos días se dieron de baja en los portales inmobiliarios por el justificado y razonable miedo que tienen los propietarios.

Y si la oferta baja, los precios suben. Alguien debería explicar un principio tan básico de la economía a los que redactan normas a lo loco.

Verán, esto no pretende decir que los inquilinos sean "los malos" y los propietarios "los buenos", ni viceversa como nos quieren vender ahora. Hay de todo en todas partes, y la ley tiene que ser justa, no dar por sentado que quien alquila es un cabrón con pintas o que el inquilino es un aprovechado que va a dejar de pagar si le dan la excusa. No hay colectivos buenos ni malos, hay gente decente y desgraciados en todos ellos. Ni más, ni menos.

No se dejen engañar ni polarizar.